Siempre hay alguien que está peor.


marzo 20, 2009

Cuba, capítulo 6

Viene de 5 post más abajo. Y este es final y despedida.

El Museo de la Revolución: el orgullo de rebote por ser argentino.

Se me puso la piel de gallina. El Museo de la Revolución es casi un homenaje al Che Guevara. No es que todas las salas hablen de él, pero las que lo hacen parecieran ser las únicas.
El edificio es la antigua casa de gobierno y conserva en el primer piso la estructura original de la época de Batista. La oficina del presidente, el salón de los espejos, la sede de ministros, etc. Un lujo pocas veces visto. Pero el verdadero recorrido es de arriba para abajo. Comienza en el tercer piso con la época de la colonia. Hay detalles de la conquista española, la independencia, hasta llegar al gobierno de Batista. En esa época, Cuba era la prostituta de Estados Unidos, ahí se instalaban los casinos y prostíbulos más caros mientras la gente se moría de hambre y enfermedades. (41.000 personas perdieron la vida en el año 1958 por falta de alimento y atención médica). Cuba era lo que hoy es Haití, pero peor.
Fidel Castro Russ era hijo de una de las familias más ricas y aristocráticas de la isla, pero con hiperdesarrollo de su conciencia social. Estaba exiliado en Mexico cuando conoció al Che y de allí emprendieron el viaje hacia la Revolución (esto que les cuento es una visita guiada por el museo). Viajaron 50 tipos en el Granma (un yatecito que se encuentra en otro edificio, frente al Museo) y desembarcaron en lo que hoy es la provincia de Cienfuegos. La primer ciudad conquistada fue Santa Clara, por la gente comandada por Ernesto Guevara de la Serna.
Hay un pabellón con toda la vida del Che, desde su nacimiento en Rosario, fotos de la escuela Dean Funes, y televisores en varias salas que pasan filmaciones suyas. Esas son las que más turistas atraen.
Me sorprendió no ver referencias a su muerte ni a la de Camilo Cienfuegos (otro de los héroes de la revolución que murió en un accidente aéreo). Por cada 10 menciones (ya sea fotográficas o en letras) del Che hay una de Fidel. Como dicen los cubanos: "El padre de la patria es José Martí, el conductor nuestro comandante en jefe Fidel, pero el héroe nacional el Che Guevara". La veneración que siente la gente de Cuba por este hombre superó todas mis expectativas. Una de las cosas que no sabía y me enteré ahí fue que le concedieron la nacionalidad por nacimiento, el máximo honor que se le puede dar a alguien, y sin embargo él agradeció pero la rechazo diciendo que "su nacionalidad era argentina".
Una vez terminado el recorrido por el Museo pasamos al edificio anexo donde está el Granma y varios de los pertrechos de guerra usados durante la lucha. Como no tenían elementos ni capital para comprarlos usaron el ingenio. Sobre todo el Che. Me causó gracia ver un tractor convertido en tanque de guerra o unos botecitos de pescadores acondicionados para desembarco.
Una hora y media después salimos de allí con orgullo inmerecido de ser argentinos. Para nosotros Ernesto Guevara es una camiseta o el tatuaje en un brazo de Maradona. Para ellos, el ideal de hombre.

Y Cuba queda en el recuerdo

Puntualmente pasaron a buscarnos por el hotel para llevarnos al Aeropuerto José Martí. Subí al avión con la convicción que no sería la última vez que pisaría Cuba. Y me despedí de los cubanos con un "hasta pronto" totalmente convencida que así será.

Conclusiones de una burguesa en el reino del proletariado

Ocho días en Cuba no me dan autoridad para opinar sobre ellos, desde luego, y mucho menos viviendo en lugares donde un cubano jamás pisará. Pero ahora tengo una idea más clara (y más justa) sobre mis opiniones con respecto a un régimen que defenestraba desde mi ignorancia.
Sigo pensando igual, pero con mucha más moderación.
Desde hace 50 años Cuba vive de sus propios recursos. Estados Unidos decidió que el resto del mundo no podía comercializar con la isla, y el resto del mundo le hizo caso.
En Cuba hay pobreza, pero no tiene que ver con la que conocemos nosotros. Lo que no hay es indigencia. Y la pobreza es llevada con una dignidad envidiable. No hay desnutrición, ni analfabetismo, ni gente viviendo en las calles. El 90% de los cubanos mayores de 25 años son profesionales (incluso con dos y tres títulos académicos) porque el estado les paga los estudios. Eso sí, si las carreras duran 5 años, ellos deben concluírla en ese tiempo, y después trabajar en lo se les designe para devolver el gasto que ocasionaron. Pero esta super población de gente capacitada también es un problema. Hay más profesionales que vacantes, así que (como el estado es el que distribuye los cargos) ejercen lo suyo aquellos que obtuvieron promedios de estudio más alto. El resto se va ubicando en distintos rubros.
En las calles y rutas no hay carteles publicitarios comerciales, excepto de Ron Havana Club, pero está tapizada de murales con anuncios de tipo politicos con frases como "3 días de bloqueo significan todos los lápices, libros y cuadernos de un curso escolar".
Una pequeña anécdota de lo que es para ellos el estado. Lo que es del estado es del pueblo. Cuando ibamos de La Habana a Varadero me sorprendía ver gente haciendo dedo en la ruta: en Cuba los autos particulares tienen patentes amarillas y los que pertenecen al estado, celeste. Cuando pasa uno con patente celeste y algún cubano les hace seña, tienen la obligación de parar y llevarlos, porque los autos SON DEL PUEBLO. Incluso hay policías que controlan que esto se cumpla. No importa quien viaje en él, puede ser hasta el mismo Raul Castro. El auto para y los lleva.
Todos los taxis, coco taxis y micros de corta y larga distancia son del estado. El gobierno se los concesiona y ellos le dan la recaudación completa (tienen tarifas fijas) y aquel les paga un sueldo.
La propina es una institución allí. Uno debe dar propina a todos, por mínimo que sea el esfuerzo que hicieran. No la impusieron ellos, sino a traves de los años los turistas lo hicieron casi ley, como forma de colaborar con el pueblo. El salario se los pagan en pesos cubanos pero las cosas se venden en pesos convertibles y es de entre 10 y 24 CUC (los más altos, en los casos de científicos). Por supuesto que esto les alcanza solamente para comer, para comprar ropa deben ahorrar meses.
Me detuve mucho tiempo a hablar con ellos en la calle, en los hoteles, en los bares. Todos coincidieron en lo mismo: no pueden seguir así. Apoyan la revolución pero necesitan modificaciones. Piden la unificación del peso, un poco de apertura, que los dejen salir. "Los cubanos somos como los ciegos" me decía una señora, "sabemos de todo pero no vemos nada". Y la frase que más escuché: "Esto no era lo que quería el Che". Posiblemente el hecho que muriera joven, con los ideales intactos, lo transformó en un martir. Y a Castro no le quedó más remedio que vivir a su sombra.
No es que tengan prohibido dejar la isla, el gobierno (después de pasar por terribles amansadoras) les concede salidas de hasta dos meses, pero para cualquier pais que quieran ir deben solicitar visa. Excepto los de latinoamérica, el resto del mundo se las niega. De todos modos, tampoco tienen con que viajar. Piensen que el pasaje al lugar más próximo sale alrededor de 200 euros, y ellos ganan 14 promedio. Todas sus quejas son susurros por ahora, porque corren el riesgo de quedarse sin trabajo si alguien los escucha, pero tuve la sensación que cuando muera Fidel las voces empezarán a oirse, y no pasará mucho antes que sean gritos.
Raul Castro es el presidente, pero casi no tiene autoridad. Sigue siendo su hermano el que toma las decisiones.
Las familias tienen como máximo dos hijos (uno solo la mayoría) porque saben que no pueden mantener a más.
Cuba es una paradoja, tienen los centros de investigación médica iguales a los más avanzados del mundo (la medicina es gratuita y todos los cubanos tienen acceso a ella, sea cual fuere el tratamiento que necesiten) pero no pueden comprar una computadora, no solo porque no les alcanza (700 CUC es el valor de venta), sinó porque es el estado quien lo autoriza y solo se lo permite a determinados ciudadanos. Quise entrar a la página de Hilda Molina pero está bloqueada. Ellos no pueden leerla.
Hay tres canales de televisión (los hoteles tienen satelital, pero transmiten canales rusos, chinos e italianos ¡en su idioma original!), uno exclusivamente político, otro educativo (aprendí a arreglar el motor de un auto) y el tercero de entretenimiento. ¡Y nos siguen queriendo a pesar que les mandamos programas como Mi familia es un dibujo, o Montaña Rusa!
Me despiertan una terrible admiración por lo que lograron, pero mucha tristeza porque les falta lo más preciado de un ser humano: libertad. Podemos pasar horas discutiendo si cubrir las necesidades básicas es mejor o peor que su derecho de elección (y no me refiero solo a votar), pero estoy segura que eso no es lo que quiero para mi patria. Sí que nos transmitan su honradez, su don de gente, su alegría, ¿quién podría discutirlo?, pero la opresión a la que estan sometidos no justifica los beneficios que tienen. Todos los extremos son malos, y Cuba es un extremo.
Deseo de todo corazón que vivan mejor, porque si hay alguien que lo merece es ese pueblo.
Cuba, hasta la victoria. Siempre.


Y aquí se termina el relato de mi viaje, espero que ustedes sientan que vinieron conmigo. Con la crisis que estamos pasando (y lo que se viene), por un tiempo bastante prolongado dudo que pueda salir de mi pais otra vez. Sin embargo soy una optimista, y por esa razón ya estoy pensando en.... ¡Cancún 2010!.


marzo 19, 2009

Cuba, capítulo 5

Viene de los 4 post anteriores.

Hemingway era un curda bárbaro


No hay bar en La Habana que no se adjudique el paso de Heminwgay por él, pero solamente dos pueden dar fe de ello. Uno es La Floridita.
La encontramos de casualidad, mientras recorríamos las callecitas llenas de casas como conventillos, con jaulas de canarios colgadas en las paredes exteriores. En una esquina rosada, los carteles anunciaban que era uno de los 7 bares más famosos del mundo (no tengo idea cuales serán los otros 6) y de ella decía Hemingway "mi daiquiri es de La Floridita". Primero me sorprendió el lugar: no era un simple bodegón, el decorado estaba impecable, la barra era de cedro y precedía a un salón comedor bastante lujoso. El mozo ni siquiera nos preguntó que queríamos tomar, directamente dejó dos daiquiris sobre unos posavasos (me regaló uno que traje de recuerdo) con publicidad del lugar y una bandeja con platanitos. Eran las seis de la tarde y yo estaba con el estómago vacío (no quise almorzar en Varadero porque tenía el desayuno atragantado), y debe ser que lo tomé demasiado rápido, pero cuando quise sacar fotos no podía levantarme. Lejos, lejísimo, el mejor daiquiri que tomé en mi vida. El que tenía mayor cantidad de ron también. Y el más caro, pero eso es anecdótico.
Hay una figura del escritor tamaño natural, en bronce, apoyada contra la barra y fotos de Ernest con Fidel. Tuve la sensación de estar en otra época, tal vez por las luces tenues, o porque los músicos tocaban canciones antiguas (en Cuba hay músicos por todos lados, incluso en la calle), pero no quería moverme (además de no poder, claro). Estaba tan cómoda que lamenté irme, pero debíamos regresar al hotel para bañarnos. Dos horas después nos esperaba una cena en La Bodeguita del Medio.


Cenando con Pierce Bronsan


Sabíamos adonde quedaba porque la cruzamos en nuestra caminata. Empedrado 207, a la vuelta de la catedral. Teníamos reservas para las 9 de la noche y el taxi nos dejó dos cuadras antes porque esa zona se cierra para vehículos cuando anochece. Una cosa es pasear de día, pero La Habana en la oscuridad es laberíntica. Preguntamos a un policía, que no solo nos informó, se tomó la molestia de acompañarnos para que no nos perdieramos. (no por seguridad, en Cuba no hay delincuencia).
Nos ubicaron en un saloncito con 6 mesas de madera y sillas duras. Mi marido al lado de Guillermo Francella y yo de Pierce Brosnan. Casi beso al mozo por la deferencia. No, no es que estaban ellos en persona. La Bodeguita está tapizada con fotos de famosos que comieron allí (o tomaron un mojito como Hemingway mientras escribía El Viejo y el Mar) y las paredes firmadas por todas las personas que pasaron por el lugar. El menú es fijo, pero fue lo mejor que comí en Cuba. Pata de cerdo horneada, papas fritas, ensalada, arroz con portos negros, unas rosquitas que no sé como se llaman, aceitunas y un montón de "picadita". Busqué cuantos argentinos estaban encuadrados y encontré (además de Francella) a Susú Pecoraro, a Miguel Bonasso, a Fito Paez con Cecilia Roth y a Maradona. Del resto del mundo, desde Rita Hayworth hasta Sean Penn, y cientos más. Todos sosteniendo el cartel del lugar. Atrás nuestro estaba una pareja de españoles, y la señora se pasó la noche retando a Emilio, el marido. Eso solo ya fue divertidísimo. Después del "cortito" (café expreso tan fuerte que parece petróleo), nos quedamos escuchando a los músicos un ratito, y salimos a caminar por la noche de La Habana. Nos colamos en una fiesta privada en la plaza de la catedral, paseamos por la costanera para ver la luna llena reflejada en el mar, y (miren que poético) con el alma llena de belleza nos fuimos a dormir.

Al morro voy en guagua

Después de probar las aproximadamente doscientas cosas distintas del desayuno, decidimos recorrer las 3 Torres del Morro.
El Morro es una fortificación construída por los españoles por el 1500 que custodia la entrada a la bahía. Es exactamente un castillo de piedra como seguramente habrá en Europa, con un pozo profundo, un puente levadizo (del que solo quedan las cadenas) y un faro en la punta, todo rodeado por un murallón impresionante. Desde allí se puede ver la ciudad de La Habana.
Paseamos un rato y decidimos irnos (no había demasiado más), pero nos encontramos con un problema: ¿cómo volver?. Lo más lógico: en taxi... que no pasaba. Preguntamos a la señora que está en la entrada y nos sugirió un guagua (colectivo de línea). El pasaje cuesta 0,50 pesos cubanos (que no es lo mismo que CUC)... que no teníamos. Ahí mismo sacó de su bolsillo y nos dio una moneda sin aceptar a cambio el cuc que le ofrecíamos. "Ustedes son turistas, pero sobre todo, argentinos", nos dijo. Y unos minutos después nos estabamos subiendo a un bus entre gente, ¡motos y bicicletas!. Cuando vimos un edificio conocido, decidimos bajarnos. Estabamos frente al Museo de la Revolución, y para allá nos fuimos.

Mañana continúa y termina.

marzo 18, 2009

Cuba, capítulo 4

Viene del post de abajo, del de más abajo y del de más más abajo.

Hotel Nacional de Cuba o esto no es para mí

Las opciones originales del paquete a Cuba incluían dos días en La Habana en el Hotel Tryp Habana Libre, pero como lo terminé armando a mi gusto, cambié por un solo día y en otro hotel. Podía ser el Meliá Cohiba, el Sevilla o el Nacional de Cuba. Al primero lo descarté porque era muy similar al de Varadero, y entre el Sevilla y el Nacional, preferí el de mayor historia.
El Hotel Nacional de Cuba está considerado monumento histórico, allí se alojan presidentes y personalidades del mundo que visitan el pais, y es lo más aristocrático que vi en mi vida. Tiene un lujo extremo pero conservador, los muebles son de ébano labrados a mano, los sillones de cuero reluciente y todos los pisos de mármol. Desde el portón de entrada hasta la puerta hay 50 metros. Cuando bajamos de la combi me pregunté qué estaba haciendo yo ahí.
Es uno de esos lugares donde no se puede estar en zapatillas, ni jeans desteñidos como los míos. Las damas pasean con alhajas de Tiffany y perritos chihuahua con collares de brillantes. Yo llegué en bermudas y remera de algodón.
La construcción es de 1930, tiene jardines imponentes desde donde se ve la bahía, y una galería con columnas altísimas, que rodean el edificio.
Es el único lugar en todo lo que ví de Cuba donde los cubanos no parecen cubanos. Desde el conserje al mozo del bar son desatentos y mala onda (pensé que era solo conmigo, pero busqué después referencias en Internet y la mayoría opinó igual). Cuando nos subieron las valijas le dimos 1 CUC de propina al maletero y casi nos patea. 1 CUC para ellos es como si acá nos dieran 100 $ (acalaro, para que vean que no estuve tacaña). Después nos mandaron al señor de seguridad para habilitar la caja (que hay que pagar aparte), porque la única recomendación que nos dieron antes de ir y durante nuestra estadía era que podíamos dejar cualquier cosa sin cuidado, excepto los pasaportes y los pasajes de avión. Nos enseñó a poner la clave y se fue sin saludar.
Yo estaba demasiado feliz para enojarme por esas cosas, así que lo despedí con un va fangulo y salimos a recorrer la ciudad.

La plaza de la Revolución

Hay determinadas cosas que uno no puede dejar de hacer si visita La Habana: andar en coco taxi, pasar por la Plaza de la Revolución, tomar un daiquiri en La Floridita, un mojito en La Bodeguita del Medio y ver el Museo.
Como no teníamos mucho tiempo, la idea era hacer mucho de una vez, y así salimos caminando para buscar un coco que nos lleve a la plaza. Estos no son simples medios de transportes. Los coco taxi te hacen un recorrido por la ciudad y los usan exclusivamente turistas. Terminamos arreglando en 15 CUC y el conductor (un muchachito de la edad de mi hijo) nos iba contando la historia de los lugares por donde pasabamos. Arrancó por la parte más conchetísima, unas casas que serían la envidia de los que viven en Barrio Parque. Alli está la facultad de medicina, en medio de un predio inmenso, y seguimos por una avenida larga y bien cuidada hasta llegar a la Plaza de la Revolución, donde está el monumento al Che, a José Martí y la entrada a las instituciones del gobierno. No sé qué idea tendría yo, pero no era lo que esperaba. A ver, el lugar es precioso, pero me imaginaba una plaza con plantas, flores, escaleras. Es un predio gigante de cemento pelado que da al Ministerio del Interior, en cuyas paredes está la imagen de Ernesto Guevara delineada en hierro. Es allí donde se hacen todos los actos políticos y se reúne la gente cuando hay manifestaciones. La miré de un lado, de otro, saqué varias fotos y fue suficiente. Nos trepamos nuevamente al coco y salimos a otra avenida grande en la "parte nueva" de La Habana, con edificios de más de 50 años, construídos por los norteamericanos con la moda de aquella época, medio psicodélicos y bastante feos, pobres, para terminar en la Plaza Central y ahí sí, empezar el recorrido por la maravillosa Habana Vieja.

La Feria, el Morro y ¡por favor dejá de gastar plata!

Frente a la Plaza Central está el Capitolio, que es muy parecido al de Estados Unidos y también al nuestro, y en la esquina siguiente el Teatro Alicia Alonso, que pareciera construído por Gaudí. Tiene el estilo que me recordó a La Sagrada Familia de Barcelona pero no tan iglesia y sí más teatro. Allí se presenta el Ballet de Cuba casi todas las noches, y es muy barato para los cubanos pero inaccesible para los extranjeros. Seguimos nuestro recorrido hasta la feria de artesanías. Dejamos a nuestro amoroso guía (que insistía en ofrecernos más tiempo porque le estabamos pagando un viaje completo y él no había cumplido) para caminar por los puestos. La feria es igual a las de todo el mundo, pero quedé fascinada con los pintores cubanos. Los cuadros expuestos a la venta son maravillosos. El resto es artesanía local, y para desesperación de mi marido, yo elegía: "esto le llevo a Julia, esto a Gonzalo, esto a Diana, esto a María...". A los gritos me recordó que 1 CUC es igual a 1 euro y ya llevaba gastado 189. Es un cortamambo ese tipo.
Frente a la feria está el morro, que son un montón de morros con nombres distintos. El de la punta es el que tiene el faro, de donde se tira Halle Berry en una de James Bond, y al costado está una especie de fortaleza (parecida a un castillo) todo esto construído por los españoles allá por 1500. Esta última es donde se asentó el Che con su grupo de gente cuando tomaron la ciudad de La Habana. En realidad, la conocimos por dentro la mañana siguiente porque para llegar hasta allí hay que atravesar un túnel, unico camino, así que continúamos por esas callecitas parecidas a San Telmo, pero mucho más pintorescas, hasta aparecer en La Floridita para tomarnos un daiquiri con Hemingway.

Continúa mañana. El viernes se termina, lo juro.