Asumí que mi hijo había crecido el día que ví sus huellas digitales impresas en los azulejos del baño, sobre el inodoro. Siempre me pregunté donde tendrían los varones el centro de equilibrio que necesitan un punto de apoyo para el simple acto de hacer pis. Si eso fuera todo, la anécdota terminaría con un paño húmedo limpiando diariamente esa parte y las cerámicas brillando. Pero lentamente fueron (padre e hijo) tomando posesión del lugar hasta considerarlo casi de propiedad exclusiva desplazandonos a mi hija y a mí al toilette de la planta baja.
Un día apareció un revistero repleto de revistas deportivas. Más tarde mis cremas nutritivas, antiarrugas y de limpieza quedaron relegadas al fondo de un estante del placard para dar paso en primerísimo plano a la pila de desodorantes masculinos, protectores capilares, máquinas para recortar la barba, polvo pédico y hasta jabones exfoliantes para el cuidado de la piel.
Los toallones fueron divididos por sexo, ellos por supuesto se quedaron con los mejores y a las mujeres nos dejaron los que están llenos de agujeritos, esos que una se niega a tirar un poco por nostalgia (recuerdos del casamiento) y otro poco por esa costumbre de guardar cosas aún cuando ya casi no sirven (todavía les quedan algunos hilitos que secan).
La bañadera de primoroso color rosado, fue mutando al gris descolorido gracias a las sales utilizadas en los baños de inmersión que los señores se dan el lujo de tomar "para relajarse de un día agotador".
Hace poco los descubrí proyectando instalar un televisor sobre el botiquín. Si esto se diera ya no tendré dudas: habré perdido la batalla definitivamente. Y entonces sí no me quedará más opción que la que vengo manejando desde hace un tiempo: instalar un baño químico en el patio.
# posteado por Ginger : 8:25 a. m.
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