Hay personas que viven su vida en un apacible color rosado. Serán medidas en sus juicios, no tendrán sobresaltos y resolverán situaciones extremas con gran sentido común. Ese, precisamente, no es mi caso. Lo mío siempre será blanco o rojo. Por ejemplo, años atrás tuve que hacer terapia porque padecía de vértigo. Pero vértigo en serio, el de no poder subir una escalera. Hoy practico escalada en muro (acá iría un auspicio de Perú Beach), porque es el único deporte que me gusta. Y cuanto más alto subo, mejor.
Con la religión me pasa algo así: soy atea confesa, de esas que no creen en nada. Aunque tuve una época de delirio mísitico y anduve evangelizando indios por el Chaco, en mí siempre prevaleció la razón sobre la fé. ¿A qué viene esto?, nada, excepto que dentro de quince días tengo que ir caminando hasta Luján. Hacer setenta kilómetros a pie, por bocona. Y lo más triste, es la tercera vez que me pasa. O sea, yo me encargo de negar a Dios, y Dios se encarga de hacerme quedar en ridículo. Ni siquiera son promesas, sino compromisos ante otros. La primera vez (hace muchos años) mi marido estaba sin trabajo y se nos venía el mundo encima. Un familiar insistía en convertirme, tanto persistía en su propósito que al sólo efecto de sacarmelo de encima le dije: "mirá, si consigue un buen trabajo antes de fin de mes, hago la procesión a Luján". Eso fue un día 23, el 28 lo llamaron de una empresa (en la que aún sigue) para que se incorpore al personal. Por supuesto, cuando le informé a este pariente que nuestro problema estaba solucionado, me recordó mis palabras. Y así durante dieciocho horas, con los pies ampollados pero la frente alta marché al oeste. Eso sí, de escuchar la misa no había dicho nada, así que, lo justo es justo, la omití y me tiré a dormir en las escaleras del cementerio hasta que un alma caritativa me llevara de regreso a casa.
La segunda vez estabamos ante la posibilidad de concretar un cambio importante, para el que necesitabamos el aval de un allegado. Todo parecía simple, excepto que al momento de realizarlo, el allegado se negó. Tanto lloraba yo, que una amiga tratando de calmarme, me trajo una estampita de un santo que jamás había escuchado nombrar: San Expedito. La acepté sólo para no desairarla, pero la pegué en el costado de la heladera, frente a la pared. Pasó un mes, la oportunidad se nos iba de las manos y yo aceptaba el fracaso como un hecho. No recuerdo que cosa estaría haciendo en la cocina (cocinar, seguro que no), que golpeé sin querer el refrigerador y San Expedito cayó a mis pies. Lo primero que me sorprendió fue la fecha de emisión de la tarjeta, casualmente el día de mi cumpleaños. Lo segundo, la iglesia donde se lo veneraba: Sagrada Familia, el colegio al que asistí en mi infancia, y lo tercero, que éste se encontraba en la provincia de Santa Fe, donde nací. La curiosidad pudo más que la herejía, y leí la oración. A modo de posdata, el santo prometía cumplir los pedidos a cambio de hacerlo conocer. "Ah bueno", pensé, "si este me consigue un aval, lo hago famoso". Yo no acostumbro a jurar en serio, pero les juro que a la media hora me llamó por teléfono una persona que acababa de regresar de Europa, y cuando le dije de nuestra dificultad, se ofreció inmediatamente a solucionarla. No me quedó otro remedio que contarle a todos que la causa de nuestra felicidad se la debíamos a un santo y a su cuervo procastinador.
El año pasado mis padres pasaban un momento terriblemente difícil de salud. Los médicos no me daban esperanzas con ninguno y yo no sabía como resolver la situación. Entre tanta angustia, recibí un llamado telefónico de aquel familiar que estuvo conmigo cuando no teníamos trabajo, y sus primeras palabras fueron "acordate de Luján". "Sí, me acuerdo", le contesté. "Pero esta vez no creo que sirva de mucho, tanto que acá el milagro debería ser doble. Creeme que me camino nuevamente hasta allá si se cumple". Y el milagro se cumplió. Y yo estoy preparando zapatillas y mochila para partir. Porque no creo en santos, vírgenes ni dioses. Pero que los hay, los hay.
# posteado por Ginger : 8:45 a. m.
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