Nadie está a salvo. Todos hemos padecido en algún momento hacer una cola para pagar algo, realizar un trámite o simplemente esperar el colectivo. Aunque Internet nos dé la posibilidad de disminuir la espera, las colas no desaparecerán, como no desapareció la radio con la llegada de la televisión. Y en ellas se hace presente el mayor abanico de personalidades imaginables.
En los Bancos, las colas son para muchos una suerte de sillón de psicoanalista. Basta prestar un poco de atención a las conversaciones que se generan y uno se puede enterar desde las miserias más espantosas hasta la fecha de casamiento de la señorita que está a dos lugares nuestro.
Los jubilados por ejemplo, las aman aunque digan lo contrario. Allí pueden contarle a un desconocido todos los trabajos que realizaron en su vida, o la profesión de sus hijos y jamás dejarán de lado el insulto al corralito y a Cavallo. La mayoría se queja por sus magros ingresos para terminar diez minutos después confesando que poseen una casita en Mar Azul, o que son dueños de varias propiedades en alquiler. Si bien depende del interlocutor que tengan a su alcance, suelen tener un sexto sentido para ubicarse justo delante o detrás de otro que pacientemente escuche y que desde luego, no podrá meter bocadillo. Porque el jubilado nunca oirá a nadie. ¡Ese es su lugar de confesión, de ninguna manera lo relegará para atender dramas ajenos! su compañero de fila solamente está autorizado a darle la razón. Después están los apurados, que tienen como meta criticar al cajero, a la Institución y al Gobierno, siempre en voz alta para que se enteren todos. Ellos no se dirigen a alguien en especial, le hablan a todos, buscando algún par que apoye su queja aunque en medio haya unas diez personas. Terminan formando una verdadera patota de protesta. Los peores son los "a último momento". Esos que van con una pila de formularios sin completar, y lo hacen cuando les toca su turno. Son tremendamente desordenados y demoran horas en ubicar el cheque que corresponde a cada planilla. Usan el bolígrafo del empleado y se ofenden cuando se les pide celeridad. "Yo hice la cola igual que usted" contestan. Se distinguen porque llevan siempre un maletín vacío en una mano y los papeles en la otra. Rara vez completan el trámite que fueron a realizar, ya que siempre les faltará algo y hasta comprenderlo, discutirán largo rato con el cajero. Buscarán la nómina faltante y volverán, pero sin esperar su turno se pondrán en primer lugar suponiendo que la falta de capacidad para hacer las cosas bien una sola vez, los habilita a saltear a los demás.
A lo largo de todos los años que realizo trámites bancarios, escuché y ví las cosas más insólitas: desde gente protestando porque no está visible el cartel de "No fumar" (aunque nadie lo esté haciendo) hasta parejas ventilando sus intimidades al oído de todos. Como ya sé lo que me espera, antes de ir a un Banco utilizo una norma que jamás violo: me tomo un Lexotanil y parto.
# posteado por Ginger : 8:29 a. m.
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