Soy una señora cuarentona, que usa anteojos para leer, viste trajecito sastre para trabajar, se tiñe el cabello para ocultar las canas, con hijos ya grandes y que, en los ratos libres, teje puloveres para la familia.
Digamos, la imágen de cualquier mujer que visita el shopping para comprar carteras... no lencería erótica.
En pocos días más, se casan unos amigos. Muy pacatos ellos, mayores y (no me atrevo a decir vírgenes), que hicieron de su vida de solteros un ejemplo de prolijidad. Nunca convivieron, van los domingos a la mañana a misa, él vive con su madre y ella con sus padres. Después de nueve años, nos anoticiaron que tomarán los sagrados votos del matrimonio.
Nosotros creíamos que serían los novios eternos y confieso, nos sorprendió la noticia. Cuando lo comentamos con el resto de los amigos, descubrimos que a ellos les sucedía lo mismo. Debíamos ser cuidadosos en el trato de los futuros casados y seguir los pasos de los matrimonios antiguos, empezando por organizar una despedida de solteros que contenga algún elemento "picante" como frutilla del postre, pero este debía ser algo absolutamente trillado y visto. Como mucho, disfrazarlos y pasearlos en la parte de atrás de un auto. De sólo pensar en tamaña tontería, me daba dolor de cabeza, por lo que propuse algo un poquito más "erótico", sin excederme para que no se sientan inhibidos. Así que sugerí algo más "moderno", como un conjunto de enfermerita sexy para ella y una zunga para él. No lo iban a usar, pero servía para que alguno de nosotros se lo pidiera prestado en algún momento.
Todos aceptaron y me mandaron a comprarlo a un sex shop que queda cerca de mi casa.
Esta mañana tomé a mi marido del brazo y para allá nos dirigimos. El lugar está en el fondo de una galería oscura, tiene vidrios opacos y para entrar hay que tocar un timbre que tiene forma de pezón. Juro que a medida que nos acercabamos, me empezó a agarrar un ataque de vergüenza y estuve a punto de cambiar de idea: disfrazarlos y llevarlos por la ciudad en una camioneta no era tan malo.
Pero saqué voluntad de no sé donde y pulsé el timbre. Mentira. Lo pulsó mi marido, cosa que no me gustó demasiado. Nos abrió un muchacho no mayor a mi hijo y nos dió la bienvenida.
Mi primer sorpresa fue ver el local lleno de gente. Muchas mujeres, varios hombres de todas las edades y ninguna pareja.
El vendedor nos preguntó si buscabamos algo específico o preferíamos recorrer un poco antes de decidirnos. Mi marido dijo: "Disfraces" al mismo tiempo que yo decía "recorremos". El chico nos miró raro y señaló hacia la derecha. "Ahí hay catálogos y modelos, para cuando se decidan", nos contestó y se fue. Me encaminé al primer estante que ví, tratando de no sentirme tan incómoda, cosa que no logré, por supuesto: era la colección más completa de videos, fotos y revistas pornográficas que puedan imaginar. Seguí de largo y me encontré en medio de látigos, esposas, mordazas, cadenas con pinches, vendas para los ojos, etc. Levanté la vista y ví un cartel que decía "Sadomasoquismo". Unos pasos al costado estaban los disfraces: hasta de Barney tenían. Eso sí, este era un Barney bien varoncito, por el tamaño que mostraba la parte inferior. El vendedor nos decía los precios y a cada uno yo respondía: uuuuhhh, pero no por el valor en sí, sinó porque no podía creer lo que veía. Mi marido preguntó por cotillón para fiestas y nos mandaron a otra sección. Mientras él comentaba lo gracioso de unos lentes con nariz de pene, mi mandíbula llegaba al piso. Jamás ví tal colección de vibradores, consoladores y estimulantes como los que colgaban en la pared de enfrente. Había desde kits completos hasta simples falos de goma. Culos y vaginas de tamaño natural, muñecas inflables que parecían mujeres reales, bolitas encadenadas que no tengo idea para que sirven, y cuanta cosa que ni en mi más febril imaginación hubiese llegado a concebir. Mientras Gingero seguí hablando solo de un tapón para bebida que mostraba una pareja teniendo sexo a medida que se enroscaba, yo agarré una canastita y la empecé a llenar. Mi marido se quedó pasmado y, pobre inocente, me dijo: "no pensarás que vamos a comprarles todo eso que estás cargando". "Ni loca", le contesté. "Todo esto es para mí. Cuarenta y tres años de mi vida pasé sin saber que existían, tengo que recuperar el tiempo perdido."
Seguramente, el padrecito de la desatanudos me condenaría al infierno sin retorno, ¡pero no se imaginan lo feliz que me voy!
# posteado por Ginger : 5:56 p. m.
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