Una vez al año, el poco o mucho pudor que nos quede a las mujeres, es perdido, basureado, arrastrado como un trapo de piso en manos de un señor (que no es nuestro marido, pareja, amante o cliente) con permiso para tocar. Voluntariamente nos desnudamos frente a él y abrimos nuestras piernas mostrando toda la intimidad que tan cuidadosamente supimos guardar.
Lejos de ser un momento placentero, significa una tortura para nosotras. Desde varios días antes y otros después.
Tratando de mantener nuestro orgullo lo más alto posible, no mostraremos un matorral de vello púbico; esto implica una previa visita a la depiladora. Por alguna razón todas tienen cara de inquisidoras del siglo XV. Te hacen entrar a su gabinete que es lo más parecido a una sala de torturas moderna, y te muestran la espátula llena de cera caliente. "Respirá hondo" te dicen las desgraciadas mientras te arrancan los pelos y la mitad de la vida. Salimos impecablemente peladas y deshidratadas, entre el llanto y la transpiración, pero listas para visitar al señor.
Después del pago de una suma acordada (porque acá las mujeres pagamos para que nos toqueteen), el famoso Dia V femenino ha llegado. El tipo tiene la amabilidad de preguntarte como estuviste ese año en que no te vió y ahí nos desquitamos hablando asquerosidades. Le contamos sobre nuestra menstruación y del exceso o la falta de flujo vaginal. Que se joda por preguntar. Después viene la parte en que él toma revancha y, ya completamente como nuestra madre nos trajo al mundo, nos pide que nos acostemos con las piernas apoyadas sobre un estribo, dejando la naturaleza al descubierto (suyo y de la secretaria que entra en cualquier momento sin pedir permiso).
"Flojita, flojita" te dice el desgraciado mientras te mete sin consideración un espéculo frío, al que desatornilla para que alcance un tamaño similar al de cualquier extintor de incendios. A esta altura, ya no se distingue el dolor que te provoca la pinza con la que te retira un pedazo de útero, todo te da igual. Como si fuera poco, después del espéculo una tiene que soportar que te apriete la panza y se ponga a hurgar con sus dedos nuestro preciado tesoro femenino.
Todavía le queda algo por tocar: el degenerado se encariña con nuestras tetas. Las aprieta, las manosea, nos pellizca los pezones. Y de puro satisfecho, nos manda a vestir.
Aunque esa parte es espantosa, lo peor está por venir. Mansitas como corderos, nos vamos a la sección "mamografía" donde una señorita más odiosa que la depiladora, te mete las lolas en una prensa, dejándotelas finitas como papel tissue. Yo he llegado a la conclusión que las mujeres tenemos las tetas caídas por culpa del mamógrafo y no de la naturaleza. Es imposible que después de tanta compresión, estas vuelvan a su posición original.
Si ustedes creen que todo concluye al fin, están equivocados. Nos queda una semana de angustia para saber si hemos pasado la prueba del toqueteo con éxito. Siete días después, volvemos a visitar al depravado vestido de blanco, y lo miramos con cara de "por favor" mientras lee los informes que le llevamos.
No se trata sólo de saber que estamos sanas. No. Lo que realmente buscamos es no volver a verle la cara a este tipo hasta el año que viene.
Qué felicidad cuando te dicen: "está todo bien".
Cómo odio a los ginecólogos.
# posteado por Ginger : 6:06 p. m.
haloscan |

