Yo insisto que la culpa es de mi prima, aunque los demás se sonrían cuando lo cuento. Es cierto que yo la seguí. Es cierto que además arrastré a Gingero. Es cierto que quería hacerlo desde hace años, pero si a Goddessa no se le hubiese ocurrido, yo jamás habría hecho tan terribles papelones tratando de aprender a bailar tango.
Todo empezó el día que ella me contó que encontró un lugar bárbaro, con buenos profesores y gente divertida. Sábados de 8 a 9 y media de la noche, y después tenés tiempo para salir si querés, me dijo. Y yo caí.
Confieso que me costó convencer a mi marido para que nos acompañe. ¡Vos estás loca!, gritaba, ¡antes muerto que ridículo!. Como siempre, tomé al pie de la letra sus palabras y dos segundos antes de clavarle el cuchillo en la yugular, aceptó.
Que somos dos troncos tratando de aprender, no es necesario que lo aclare. Decidimos comprarnos, yo zapatos de acero por los pisotones, y él tobilleras metálicas por mis patadas.
Pero la idea de esta historia es contarles sobre mis "compañeros" de clase.
Por un lado tenemos a los extranjeros. Son aquellos que pretenden bailar como Copes en una clase. Están de paso por Buenos Aires y no se pueden volver a su país sin "probar". Hace dos sábados fue una pareja de japoneses que bailaban lambada. Ellos creían que el tango era así.
También tuvimos franceses, italianos, suecos, norteamericanos, etc, que ponían voluntad, y nada más que eso. Estos son los preferidos de mi marido, porque cuando les toca bailar con las señoras, no se nota su ineptitud: ambos son un desastre. Él vuelve feliz, y ellas lastimadas.
Después tenemos a los concurrentes asiduos. Los podemos catalogar en:
El mexicano enamorado: está muerto de amor con mi prima y la persigue por toda la pista. Es feo como un dolor de panza, pero muy simpático. Bailar baila mal, pero a los efectos de la conquista no importa mucho. Si fuese de Acapulco o de Cancún, yo insistiría para que ella aceptara sus requerimientos, pero es de DF (lo sé porque me tocó como compañero y le pregunté hasta el número de documento), y allí hay mucho smog.
El arregla licuadoras miratetas: Mide 1,50 mts., es más patadura que Gingero y se cree Baryshnikov. Este señor anda desesperado por conseguir admiradoras, sólo que de conquista no sabe mucho: clava la mirada en la delantera de las señoras (excepto las muy mayores, porque en ese caso debería mirar para abajo) y en lugar de posar su mano sobre la cintura, te la mete en el culo. Para parecer más alto usa un jopo al mejor estilo Duhalde y te cuenta la historia de su vida, que nadie escucha, por supuesto.
El ayudante del profesor: un señor mayor, canoso y de anteojos. Baila bien (claro, que hace 20 años que lo practica) y tiene cero didáctica. Cuando nos toca la lotería de tenerlo como compañero, todas temblamos. Nos reta, nos critica y nos desalienta. Este último sábado me pisó un pie ¡y me acusó a mí por su error!.
Los jovenes insoportables: hay un grupo de chicos de la edad de mi hijo a los que se les ocurrió hacer regresión y aprender tango. Los desgraciaditos tienen habilidad y a una la hacen sentir vieja y decrépita. Te miran con lástima y te dicen: no se preocupe, señora, ya le va a salir. ¡Pero porqué no se van al Creamfield, mocosos irrespetuosos!.
Los que ni si ni no: esos son los alumnos manzanita. Hacen exactamente lo que les dice el profesor, no te hablan, no te miran, y cuando termina el tema, huyen despavoridos. Una se queda pensando si le falló el desodorante, el horócopo o qué.
Los peores que yo: Esos no hay.
Un capítulo aparte merecerían las damas: mi prima y yo somos las más jovenes, así que imaginen el resto. Por alguna razón que desconozco, todas quieren bailar con Gingero, y todas irremediablemente terminan en terapia intensiva.
Aprender, no voy a aprender nunca. Pero lo que me divierto intentándolo no tiene precio. Al final, la publicidad de Mastercard tenía razón.
*El señor es mi marido. La señorita... no me quiero enterar.
# posteado por Ginger : 5:55 p. m.
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