
A todos nos pasa que en el Debe de nuestra vida tenemos pequeños deseos no realizados. No me refiero a cosas de gran valor monetario muchas veces inalcanzables, como hacer un crucero por el mundo o ser dueños de un castillo en Inglaterra. Tampoco hablo de lo que queremos para los demás; esas son buenas intenciones. Ni de sentimientos hacia otra persona o habilidades que la naturaleza nos negó, ¡ya quisiera haberme casado con Sean Connery y escribir como Cortazar!. Yo digo esas pavaditas con las que soñamos y sin embargo no tenemos. Por ejemplo, siempre quise una amoladora. Confieso que todas las herramientas manuales me apasionan, pero por la amoladora tengo un amor especial. No sabría decir para qué exactamente la quiero, soy una inútil en trabajos manuales y lo más probable es que termine cortandome una mano al tratar de lijar una puerta, sin embargo me imagino vestida como Uma Thurman en Kill Bill, amoladora en mano, paseando por mi barrio. Y de ser posible, un destornillador eléctrico en la otra. Cada cumpleaños, cada Navidad ese es el regalo que pido. Y nunca me lo cumplen. Me regalan ropa, collares, pulseras, pero amoladora jamás.
También quisiera un par de botas blancas. De caña alta y con mucho taco. De antemano sé que no las usaría por diversos motivos, en especial porque el taco más alto que soporto es el de las zapatillas. Pero yo sueño con ellas. Hasta llegué a probarlas, de cuero, con cierre al costado. Las miré, las acaricié y las volví a dejar en su estante para terminar llevando unos mocasines.
Y un sombrero como el de Chaplin. Sin detalles, así nomás, negro, honguito. Porque yo soy una fanática de los sombreros. Quisiera ser inglesa para usarlos sin vergüenza; ponermelo en la cabeza y subir al subte como si nada, ir al cine, al teatro, con mi sombrero.
El problema no está en adquirir esas cosas, sinó en comprarlas sin culpa. La amoladora quedaría allí, en el fondo de la baulera, impecable, sin uso. Las botas tendrían un destino más cruel, se las pondría mi hija o se las prestaría a una amiga. Y el sombrero ocuparía un lugar en el perchero dejando alguna campera tirada sobre la silla.
Lo triste es que seguiré con mi lista de deseos incumplidos, mirando de reojo cada vez que los vea, allí, queriendo ser parte de mi vida y yo, negandome a tenerlos sólo porque no tiene sentido gastar en ellos.
Sin embargo, no sé que haría si los tuviera. Porque de ser así, mi catálogo dejaría de existir y debería buscar nuevos deseos. Y ya se sabe, no es fácil desear algo que no se cumpla.
(La foto es donación de una comentarista, a quien prometí no revelar su nombre, pero que vive en Bariloche)
# posteado por Ginger : 12:27 p. m.
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