Sábado 14 - El Gran Día.
Se supone que una hace el mayor esfuerzo posible por estar bárbara para reencontrarse con los compañeros que no vé desde hace 25 años, cosa que le digan: ¡no te pasó el tiempo!. En mi caso fue sólo una suposición porque venía de cuatro días previos de mudanza (me tocó solita cambiar a mis padres de casa), así que dejo a vuestra imaginación el estado en el que me encontraba. Por si esto fuera poco, el día amaneció con un viento de 80 kms. por hora, tormentoso y frío y yo, como no podía ser de otro modo, había llevado ropa de verano. Gasté inutilmente dinero en peluquería, tratando de mejorar el nido de caranchos que tengo sobre la cabeza, me puse una capa de revoque en la cara, me vestí y partí al colegio con dos de mis mejores amigas. En la puerta había seis chicas muy jovencitas con infartantes minifaldas blancas que nos hacían pasar debajo de unos bastones, rápido porque eran pesados y corríamos el riesgo de llegar a la cena con quebradura de cráneo. Ya en la recepción estaban nuestros antiguos profesores (los que quedan aún, claro) a los que teníamos que aclarar quienes éramos porque se sabe, en veinticinco años nos pasó una aplanadora por encima a más de uno. Sin embargo recordaban lo pésimos alumnos que fuimos y cuantas veces rendimos sus materias. En el patio había un grupo de compañeros esperando, y los gritos que pegamos al abrazarnos superaban ampliamente los decibeles permitidos, pero como los maestros padecen sordera por la edad, no nos pidieron juicio ni compostura. Después vino el acto propiamente dicho: Primero la bienvenida dada por la rectora, que recibía nuestros silbidos y cargadas porque es ni más ni menos, que una de nuestras compañeras de curso. Leímos el discurso de la promoción (no, ese que escribí abajo fue después, cuando ya estabamos con varios vinos encima, cosa que nadie se enoje), nos dieron como souvenir una foto del colegio en un portarretratos y la banda de música del pueblo interpretó un tango en nuestro honor (mis compañeros pedían algo de Pink Floyd, poniendo en un compromiso al director de orquesta, que se hizo el disimulado y no nos llevó el apunte). Después fuimos a las aulas, nos sentamos en nuestros bancos, nos tiramos tizas, y partimos al salón donde nos esperaba la cena. Hablamos hasta quedar afónicos, recordamos algúnas anécdotas como la hermosa carroza que preparamos para la estudiantina del año 80 (observen como se desarrollaba ya nuestro potencial creativo)

y después, como buenos santafesinos, nos bailamos todos los temas de Los Palmeras empezando por "Bombón Asesino". Como hecho anecdótico y comprobativo que los varones son unos pollerudos, las chicas fuimos todas solas, ellos con sus respectivas esposas, que permanecieron sentadas viendo como sus maridos saltaban y abrazaban a otras. El momento emotivo se dió cuando cortaron la música y pasaron el audio de la recepción de nuestro egreso, el original, aquel de 1981, donde nos nombraban a uno por uno. Y sin pensarlo fuimos levantandonos y repitiendo aquella entrada donde sentíamos que había llegado la hora de conquistar al mundo, abandonando la escuela para empezar ahora sí, nuestra nueva vida de adultos.
Seguimos la fiesta hasta que faltaba poco para amanecer, brindando, hablando y jurando reunirnos otra vez el próximo año, porque si algo tuvo de mágico esa noche, fue que por ese rato se borraron los veinticinco años pasados. Matrimonios, hijos, profesiones, divorcios, quedaron olvidados por unas horas, y volvimos a ser el Quinto Año de la Escuela Nacional de Comercio. Aquellos que más que compañeros fueron y seguirán siendo siempre amigos.
Apdate: Anaik y Pal quieren saber donde iba yo en la estudiantina. Bien señoras, acá:

Los autos no tenían motor (los secuestramos de una chacarita, y los pintamos primorosamente), así que eran remolcados por un tractor que nos prestó alguien (no, yo no manejaba el tractor). En la foto no aparezco, porque seguramente estaría paveando por ahí.
# posteado por Ginger : 4:15 p. m.
haloscan |

