La historia que voy a contarles pareciera extraída de un cuento de Jorge Amado. Sin embargo sucedió realmente el día viernes pasado para asombro de todos los que la vivimos. Es posible que la causalidad se haya puesto de acuerdo con la casualidad, por esas cosas que tiene el destino.
Para poder explicarla, debo situarlos en la escena. Por una parte tenemos el Cementerio de Olivos sobre la calle Pelliza. La manera de acceder a él para las salas velatorias de Munro, es circular por la vía que pasa frente a mi casa, así que resulta frecuente ver por las mañanas, cortejos fúnebres llevando muerto y deudos hasta donde el primero descansará finalmente.
Por otro lado está Roche. Se le dice así a un predio gigante de cuatro manzanas por dos donde originariamente estaba ubicado el laboratorio medicinal del mismo nombre, y hoy parcelado en secciones en el que se encuentran otro laboratorio y el depósito principal de un centro de distribución de correo privado y logístico. Este tiene su puerta de ingreso sobre la misma calle por donde circulan los funebreros.
Por último, está mi placard, ubicado en la planta alta de la casa, estratégicamente pegado a una ventana.
El viernes pasado me encontraba guardando los pantalones que, acababa de comprobar, ya no me entran, con la esperanza de volver a usarlos algún día, previo paso por una nutricionista.
Es posible que los seres humanos tengamos desarrollado el sentido que nos avisa un instante antes sobre la próxima tragedia que se avecina, me resulta imposible explicar sinó porqué miré por la ventana y ví la carroza fúnebre segundos previos a la calamidad . Me llamó la atención el color del coche: amarillo. Estos suelen ser grises, blancos o negros, pero amarillo nunca había visto. Fue en ese momento cuando escuché el motor de un auto acelerar de manera inusual para una ruta tan transitada, y, saliendo de Roche como un bólido, el automóvil custodia de los camiones, obligó a la carroza a frenar bruscamente para no chocarlo. Quizá ese fue el comienzo de la desgracia que relataré a continuación. Tal vez los tirantes que sujetan el ataud se soltaron, no lo sé. Pero el hecho provocó que el conductor se molestara exageradamente por la maniobra y, una vez despejado el paso, acelerara en extremo para seguir su ruta.
Todo lo que recuerdo es un cajón volando por el aire y estrellándose en el piso. La imágen siguiente es de pies descalzos entre un revoltijo de madera, con media cara asomando y un brazo enfundado en un saco marrón. Por primera vez tuve la sensación del tiempo detenido. Nadie ni nada se movía. Las personas que pasaban por allí se quedaron petrificadas mirando el accidente, donde la única víctima era el muerto. La primera en reaccionar fue la viuda, que bajó de un auto gritando histéricamente para, unos segundos después, empezar a reir de modo compulsivo. Tan contagiosa era su risa que los allí presentes (yo incluída desde mi ventana), no podíamos callar las carcajadas. Viendolo a la distancia, sólo me queda preguntar de qué me reía. Algún psicólogo por ahí dirá que se trata de una protección del cerebro ante situaciones límites, no lo sé. Pero aún hoy recuerdo la escena con espanto y gracia.
Los empleados de la cochería sólo atinaron a juntar los restos (del cajón y del muerto), subirlo al auto y partir rápidamente.
Por favor, a mí que me cremen.
# posteado por Ginger : 9:04 a. m.
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