Paradójicamente, las guerras más crueles y sangrientas son aquellas que se libran por exceso de amor: porque nunca habrá ganadores reales y los participantes siempre terminarán con una parte de su alma destrozada, imposible de volver a recomponer.
Cuantos más son los frentes, mayor es el daño que producen.
Los primeros en caer serán aquellos cuya arma más débil es la sensibilidad. Cada herida producida en su orgullo, su ego, no sana y termina volviendose mortal. Las defensas no alcanzan a cubrir las bajas e irremediablemente abandonan la lucha para terminar juntando los pedazos que logren encontrar.
Hay otros que utilizan tácticas de guerrilla: atacan en la oscuridad y huyen a refugiarse en su escondite, hasta que elijan un nuevo blanco para destruir.
También están los colaboracionistas. Son los que prestan sus soldados para causas ajenas por intereses egoístas o, incluso, sentimentales.
Los más peligrosos son los que tienen como ideal de lucha rencores, resentimientos y desprecios. Ellos son fieles al dicho "todo vale" y por cada ofensa responden con un ataque mayor utilizando las armas más infames y destructivas. Si en la guerra existen dos bandos con estas características, la devastación siempre será total.
Después hay grupos que luchan por mantener su neutralidad y deben hacer verdaderos malabarismos para evitar las balas, o caer rehenes de alguna de las partes. Nunca logran la total imparcialidad pero en general, salen un poco más ilesos.
El amor es un sentimiento tan poderoso como peligroso. Cuando la dosis supera la medida indicada, los seres humanos tendemos a considerar al otro parte de nuestra propiedad: Lo quiero tanto, ergo, es mío. Nadie sabe cual es la medida justa. Sin embargo el exceso aparece cuando desaparece la tolerancia y el respeto por el otro. Pero como pasa siempre, nadie está dispuesto a ponerse los zapatos ajenos.
# posteado por Ginger : 11:09 a. m.
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