Sucede casi siempre. Posiblemente se trate de inseguridad, pero la mayoría de las personas buscan señales del destino indicativas de buenos o malos augurios cada vez que llevan a cabo un proyecto. La interpretación dependerá del optimismo o pesimismo de quien las reciba. Si llueve el día en que, por ejemplo, alguien se muda de casa, el optimista lo verá como auspicio de buena suerte: el agua limpia, por lo tanto comienza una nueva vida. Para el pesimista, al contrario, será un presagio de desgracia: mal tiempo, mala suerte; no habrá felicidad en la nueva vivienda.
En mi caso, estos anuncios siempre son descifrados según el estado de ánimo con que me levante. Lo que un día puede ser trágico, otro será un guiño maravilloso del destino. Sin embargo hay dos o tres acontecimientos que irreversiblemente me indican la llegada de una catástrofe. Descubrir que no hay papel higiénico en el porta rollo es una. Definitivamente, lo que queda del día será malo. Pero si además, tampoco hay repuestos en el placard del baño sólo me resta aguardar las siete plagas de Egipto. Otra señal inequívoca es que se apague un sahumerio antes de terminar de consumirse. En ese caso, cada vez que suene el teléfono me informarán de alguna desgracia, entrará un virus a la computadora y se me quemará la comida.
También están las situaciones deja vu. Esas que cuando pasaron fueron espantosas y si la oportunidad se presenta igual, uno se niega a repetirla. Algo así: en mi casa somos grandes consumidores de jugo de naranjas en el desayuno. Al comprobar una mañana que no quedaban en la heladera, corrí hasta la verdulería a comprarlas. Cuando volví, acababan de llamar por teléfono para avisarme que mi madre estaba muy grave. Desde entonces, si al levantarme veo el canasto vacío, ese día no se toma jugo.
Estas circunstancias no resisten ningún análisis lógico, pero por alguna razón son comunes en el ser humano. Cada uno con la suya. Como las cábalas, sólo que un poco más condicionantes.
# posteado por Ginger : 9:54 p. m.
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