El edificio donde vivimos tiene cuarenta años de antigüedad. La mayoría de las personas que lo habitan son sus propietarios originales, esto significa que los más jóvenes superan cómodamente los 70. Debo aclarar que nunca tuve problemas con la gente mayor, al contrario, los prefiero antes que tratar con niños pequeños... claro que una siempre está a tiempo de cambiar de gustos.
Desde que nos mudamos empecé a conocer a los vecinos. Ellos se fueron presentando solos, en la puerta de mi casa.
A los tres días de instalados tocaron el timbre. Abrí y me encontré con una viejita de cabello blanco y anteojos culo de botella. Ni bien me vió empezó a llorar y entre hipos dijo: "¡Yo quería tanto a su tía!". En mi cabeza sonó la alarma: ¿mi tía? ¿cuál de ellas? ¿quién se murió?. Creí haberlo pensado pero parece que lo dije en voz alta, porque la señora me evaluó con cara de profesora de matemáticas en medio de un exámen, llegó a la conclusión que yo era medio tonta y aclaró: "Su tía, la que vivía acá". Ahí comprendí. Se refería a una tía política de mi marido que falleció hace quince años. Sin más palabras, la anciana me corrió de la entrada con el bastón y se metió en el living. "Soy Chola del tercero "B"", dijo. "Vengo a ver como quedó el departamento después de los arreglos". Y acto seguido recorrió los dormitorios y la cocina, murmurando algo que no entendí. Cuando terminó la inspección volvió al pasillo, no sin antes tener la amabilidad de recordarme que ante cualquier problema... llame al portero.
Unos días después subía a la azotea con mi canasto lleno de ropa mojada, cuando, pasando por uno de los últimos pisos, escuché gritos. No, gritos no; alaridos. Será porque veo demasiadas series policiales en televisión, pero lo primero que imaginé es que estaban descuartizando a un viejito, para robarle su magra jubilación. Canasto en mano corrí a la oficina de administración, donde uno de los secretarios de la administradora (porque acá la administradora está demasiado ocupada hablando por teléfono con las amigas, así que tiene dos secretarios), leía un folleto de turismo a las Islas Vírgenes. "¡¡Carlos!!" le grité, "¡llame a la policía!. En el piso 13 o 14 hay un señor gritando, entraron ladrones!". Sin levantar la vista de la publicidad, Carlos me dijo tranquilamente: "No te preocupes, es el señor del 13 "E", el pobre tiene Alzheimer, grita todo el día". Pegué media vuelta y salí empezando a preguntarme en qué clase de loquero nos habíamos metido.
Los lunes limpio los vidrios. Todos los lunes, porque no soporto ver la colección de huellas digitales que dejan mis hijos cuando abren las ventanas. Lo primero que hago al levantarme es llenar un balde con agua, sacar el trapo, el escurridor, papel, y hasta que no quedan impecables no los dejo. Mi certificador de calidad es el gato. Lo subo a la cama de Gonzalo y veo: si se estrella contra la ventana tratando de saltar afuera, es porque están perfectos. Estaba admirando mi trabajo un lunes cuando escuché el ruido: algo así como una mezcla entre las cataratas del Iguazú y las del Niágara. Cuando reaccioné era tarde. Litros de agua caían salpicando lo que encontraban a su paso. Tanto esfuerzo arruinado. Rápidamente agarré el intercomunicador y llamé al portero: "Se rompió un caño de agua" le expliqué, "está derramando cantidades de líquido por la pared que da a Lamarca". "No se rompió nada", me dijo, "es la señora del 4 "A" que limpia el alfeizar de las ventanas. Dice que las palomas se la ensucian y cree que las heces afectan su salud. Lo hace día por medio". Desde entonces controlo la hora de la catarata: siempre antes de las 10 de la mañana. Ahora limpio los vidrios los lunes, miércoles, viernes y domingo a las 11.
El martes pasado volvió a sonar el timbre. Una señora de ochenta y pico estaba parada en mi puerta. Se presentó gentilmente y me aclaró que su nombre era Berta. Necesitaba un favor: mi número de teléfono. Explicó que vivía sola en el 2 "A", cuyas ventanas dan a una terraza interna. Noches anteriores había escuchado pasos a las tres de la mañana, y tuvo miedo. Obviamente, le dí mi número con gusto pero también le pregunté qué le impedía llamar al guardia de seguridad del edificio, con el que tenemos línea directa y además le pagamos una fortuna. Según ella, se cansó de tocarle el timbre y el vigilante no respondía. ¡Me indigné!. ¡El trabajo del hombre es permanecer despierto por si tenemos emergencias!. Sin falta presentaría una queja al día siguiente.
Ben Affleck me declaraba su amor en una isla paradisíaca. Me regalaba un anillo de diamantes y juntos nos íbamos a ver el atardecer. De golpe sonó el teléfono. Mi corazón golpeó contra las costillas y en un microsegundo pasó de ochenta a trescientas diez pulsaciones por minuto. Abrí los ojos buscando a Ben Affleck pero sólo encontré a mi marido roncando. El teléfono seguía sonando. Imaginandome lo peor, primero miré la hora (02:37) y luego la pantalla de identificación: "Berta" decía. Del otro lado, la viejita hablaba en un murmullo pidiendo que mirara por la ventana: los pasos regresaron. Desperté a mi marido y levantamos la persiana. Lo único visible eran tres palomas durmiendo, ni una hoja volando. Busqué una linterna reflector e iluminé el predio: nada. Volví al teléfono y le dije a Berta que duerma tranquila. No había nadie. Ella seguramente soñó con Cary Grant. Yo ví pasar las horas sin poder conciliar mi sueño.
Ni bien me levanté, bajé a hablar con el encargado y le expliqué la situación: doña Berta escuchó pasos, me llamó: hay que poner más vigilancia. El encargado me miró con cara de lástima y sólo dijo: "Ahora te tocó a vos. Doña Berta sufre delirio de persecusión. Tiene el teléfono de todos en el edificio y los llama a cualquier hora diciendo que alguien quiere meterse en su casa. El guardia ya la conoce y no le lleva el apunte".
Soy una persona optimista por naturaleza y de lo negativo siempre saco una enseñanza. Lo bueno de esto es que ya puedo vislumbrar como será vivir en un geriátrico cuando mis hijos decidan internarme.
# posteado por Ginger : 4:37 p. m.
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