Antes que lean el texto que sigue a continuación, quiero aclararles que es posible, muchos de ustedes se sorprendan al encontrar una narración distinta a las que acostumbro a escribir, en las que busco incluir un poco de humor a situaciones cotidianas. Tal vez les resulte aburrido o hasta fantástico, pero la realidad logró sorprenderme e incluso asustarme un poco y este es el único medio que encuentro para exorcisar mis ¿miedos?.
Es bien sabido que soy una amante de la historia, en especial de la que se refiere a la Edad Media. Lo expresé en distintos comentarios, tanto aquí como en el blog de amigos. Mi preferencia se inclinó hacia la Órden Templaria, tan de moda por este tiempo gracias a la aparición de El Código Da Vinci. Sin embargo, soy su seguidora desde que leí El Péndulo de Focault, hace más de quince años. Como todo lo que tenga relación con la religión, suele rodearse de un halo de misticismo que no faltó en este caso, donde se los catalogó desde guardianes del Santo Grial hasta conocedores de las leyes naturales al punto de poder modificarla. La realidad es bastante más simple: empezaron como una suerte de custodios en las rutas a Jerusalem y terminaron como banqueros (y por lo tanto, sumamente ricos) privados. Aún así, existen ciertas leyendas que no fueron rebatidas hasta el día de hoy, entre ellas, la de poseedores de secretos que afectaban directamente a la fé católica. Los Templarios desaparecieron porque eran más poderosos que el mismo Papa, quien, junto con el Rey Felipe el Hermoso de Francia, decidió acusarlos de hereje y apropiarse de sus tesoros. Así de simple. Sin embargo, ellos sabían de esta órden papal y pudiendo huir o luchar (no se olviden que eran guerreros), decidieron esperar su sentencia pasivamente.
Lo que cuento a continuación no tiene un fundamento sólido para sostenerse, pero tampoco para negarse.
El último día de la existencia del Temple, Jacobo de Molay, último Gran Maestre, eligió a cinco de sus "gentilhombres" y los puso en conocimiento de los secretos tantos años guardados, con la órden de preservarlos y renacer bajo otro nombre y en otro lugar. Estos secretos debían transmitirse solamente a elegidos capaces de conservarlos y custodiarlos. Esa noche, una carreta cargada de heno partió del castillo del Temple, en Provenza, con rumbo desconocido. En ella viajaban escondidos, los cinco elegidos. Nunca más se supo la suerte que corrieron.
Busqué en libros de autores reconocidos, y otros no tanto, acerca de esta historia. Muy pocos la mencionan y ninguno le dá crédito de certeza.
Con los años surgieron sectas y logias que se decían sucesores de los Templarios. Se puede encontrar al Conde de Saint Germain, a Cagliostro, y a la innumerable cantidad de ramificaciones de masones que hay al día de hoy.
Hace algún tiempo, revisando esas librerías increíbles que existen sobre la calle Corrientes en Buenos Aires, encontré un libro muy chiquito y ajado que explicaba el nacimiento de los Rosacruces. En general, se cree que su creador fue Christian Rosenkreutz, un maestro de las artes ocultas, y sus miembros eran avanzados alquimistas. Pero fue en ese libro donde encontré por tercera vez la historia de la carreta de heno. Y las coincidencias con los templarios empezaron a aparecer. Hurgando un poco más, llegué a la conclusión que la mística esotérica era una simple fachada, sus seguidores tienen intereses más profundos que tratar de convertir el plomo en oro.
Cada año en la Feria del Libro, hay un stand que los representa. Allí se puede encontrar bibliografía sobre ellos e información personal. Siempre quise participar y nunca me lo permitieron. Sólo se puede llegar hasta cierto límite. Hay una suerte de circo que tapa lo otro, y de allí no se puede pasar. De todos modos decidí seguir con mi búsqueda, hasta ahora infructuosa.
Esta mañana encontré en el buzón de correspondencia un sobre pequeño, con mi nombre impreso, sin remitente ni sello postal. Dentro de él había un anillo de plata con una rosa sobre una cruz. Exactamente igual a la que lucen sus seguidores. Pregunté al portero, al encargado, a la administradora, pero nadie lo puso allí. No sé quien me lo mandó. No sé lo que significa ni cual es su sentido. Mientras tanto él descansa aquí, en el dedo índice de mi mano izquierda. Esperando.
# posteado por Ginger : 4:20 p. m.
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