Puntualmente, a las nueve de la noche toqué timbre. Antes había tratado de resolver el enigma con las pocas pistas que tenía: recorrí joyerías preguntando quien fabricaba el tipo de anillo recibido, pero nadie supo decirme. "Parece artesanal" fue la respuesta más reiterada. Caminé por la plaza de Recoleta, por Parque Independencia, buscando un orfebre que los hiciera. Nada. "No lo conozco", me decían. Después probé con la carta, el logotipo no era común. Puse la hoja debajo de una luz brillante buscando el nombre del lugar que había hecho la impresión. Todo lo que ví fueron mis huellas repetidas de tantas veces que la leí. Me dí por vencida y me dije que lo mejor era desenredar esta historia de una buena vez. Ahí fue cuando me decidí.
Lo primero que me sorprendió fue, al ver la ferretería cerrada, la puerta: era de doble hoja. No lo había notado en mi visita anterior. Muy poco tiempo después una mujer la abrió. Me quedé mirándola porque esperaba otra cosa que no podría describir. Tal vez alguien vestido con túnica y cetro en la mano. Ella vestía pantalón y camisa, como cualquiera. Le mostré la carta y me agarró la mano. Vió el anillo y me invitó a pasar. Me llevó a una pequeña salita con dos sillones de cuero y una mesa de caoba que tenía un florero antiguo, vacío. Sin decir nada, me hizo señas para que me sentara y salió por una de las dos puertas que conducían a ese lugar.
Los minutos pasaban y yo estaba cada vez más asustada. Quería irme, dejar todo así y no enterarme. Estaba levantándome cuando entró un hombre. Me dijo que se llamaba Jorge y me dió la bienvenida. Fuimos a otro salón, un poco más grande, donde esperaba un señor canoso, de unos sesenta años, sentado detrás de un escritorio. No se presentó, pero empezó a hablar inmediatamente. Me dijo que sabían, yo era una lectora incansable de historia medieval, nombró los libros que tengo en la biblioteca e hizo referencia a algunos. Conocía donde vivía, cuantos hijos tenía y cual era mi ocupación. Llegaron a mí por una base de datos que registra a quien compra determinados ejemplares con tarjeta de crédito o débito. Confieso que la explicación lejos de tranquilizarme, me provocó terror. Me había quedado sin palabras. El hombre abrió un cajón, sacó un papel color sepia y me pidió que lo leyera. Era una carta manuscrita fechada en el año 1956 y firmada por alguien que no pude descifrar. Estaba escrita en francés. Le pedí que la traduzca y accedió. Se trataba de una delegación de poder para el nombramiento de integrantes de la Fraternidad. En ningún momento mencionaba la palabra Rosacruces, pero explicaba que la misma había sido copiada y entregada de mano en mano por algunos nombres que me resultaban familiares: Raimundo Lulio, Pico de Mirandola, Abraham Abulafia, todos antiguos y reconocidos teólogos. También daba indicaciones sobre los rangos: Serenísimo Emperador, Gran Maestre, Fraternos, Iniciados, etc. Y concluía diciendo que el deber de quien recibiera esa nota era el de velar por los secretos trasmitidos.
Explicó que la Órden practicaba alquimia, pero lejos de su significado literal, se trataba de alquimia espiritual. Que era necesario conservarla pero no divulgarla, porque generarían un caos religioso. Traté de decir que muchos habían sido los que pretendieron modificar la doctrina eclesiástica sin lograrlo. Me ignoró y siguió hablando. De los inicios, de la sucesión, de la importancia que ellos tenían. Supongo que adivinó por mi cara, que todo me sonaba a charlatanería, porque inmediatamente sacó un libro con tapas de cuero, muy viejo y escrito a mano. "Lo que voy a relatar es el primer paso del conocimiento universal", dijo. "Los iniciados tienen acceso y el resto se conoce a medida que asciende en la escala de jerarquías. Sólo el Serenísimo Emperador tiene la verdad absoluta". Antes de comenzar a leer, hizo referencia a la carreta de heno: de allí venían, por pedido de Jacques de Molay y como legado a unos pocos. Me miró unos segundos y comenzó:
Es importante que sepan sobre Lázaro. Nuestro Señor lo resucitó no una, sinó mil veces. Marta sabía que su hermano moría y milagrosamente volvía a la vida después de unas horas. Buscó a Jesús para que sacara el maligno de su cuerpo. Y Jesús lo hizo.
Levantò los ojos y me dijo: ahora sabemos que padecìa epilepsia, enfermedad desconocida en la època. El milagro de Cristo no fue tal. Y siguió:
José de Arimatea era un rico comerciante, fiel discípulo del Señor. Fue en su casa donde Jesús agasajó a sus amigos con la última cena. Pero Él no sabía que sería la última. La conversión del pan y el vino nunca existió.
Se quedó en silencio, caminó por el salón y unos minutos después dijo: lo que voy a revelarle ahora es el último misterio al que puede acceder. El más importante. El más terrible.
Jesús fue bajado de la cruz, dieciocho horas después de la crucifixión.
No entendía. No comprendía el significado de esa afirmación. ¿cuál era la importancia de las horas?. Y entonces me lo dijo: los crucificados morían por trombosis. Se genera por la inmovilidad del cuerpo en posición vertical. Pero ello nunca ocurre antes de veinticuatro horas. La herida en el costado de Cristo, lejos de acelerar su muerte, aumentaría la resistencia. La sangre reconoce un canal de salida y continúa circulando. Jesús no murió en la cruz.
Esperó pacientemente mi respuesta. En mi cabeza las dudas se amontonaban. Fuí seguidora fiel de la historia templaria. Admiré su lucha y su hidalguía, pero me presentaban dos historias contarias, opuestas, y ninguna que pudiera certificar. Sólo palabras heredadas, evangelios apócrifos.
Me saqué el anillo y lo dejé sobre el escritorio. "No quiero continuar con esto", le dije. "No soy digna. Tengo dudas. Prefiero seguir en la nebulosa de preguntas sin respuestas".
Me levanté y salí a la calle. Caminé en la noche dejando pasar varios taxis que ofrecían su servicio: devolverme a mi casa, con mi vida sin secretos.Cuando llegué, mis hijos me esperaban con sus propias historias mundanas y sus voces me llenaron de felicidad.
Esta historia concluye aquí, y , como muchos convendrán, es muy poco para sacar una realidad con unos pies y una cabeza.
No sé si algo de lo escuchado es cierto, tampoco lo cuestiono, porque ya saben ustedes como se vivía por aquellos siglos... Era gente sin alma.
# posteado por Ginger : 9:02 a. m.
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