Mi primer contacto con extraterrestres fue a los siete años, una tardecita de verano mientras mis vecinos y yo cazabamos chicharras en los eucapliptos de la vereda del ferrocarril. El primero en verlos fue Pitu Caro, que había trepado el tronco largo y ya llegaba a las ramas. ¡Platos Voladores! gritó, y todos levantamos la mirada. Allí estaban: círculos de colores brillantes, rojos, naranjas, azules. Bajamos a la calle y el pueblo entero salió a ver que pasaba. A medida que la noche llegaba, los ovnis se iban mezclando con el oscuro del cielo. Al día siguiente Radio Universidad de Córdoba alertaba a los ciudadanos sobre los globos atmosféricos que lanzaba la estación Chamical, para que nadie se asuste. Pero en Ceres habíamos decidido que eran platos voladores y ningún locutor informado nos iba a quitar la ilusión. Algunos tuvieron suerte y fueron visitados por los extraterrestres. Hasta hoy, doña Chola Perez comenta que le dió la mano a un alienígena, y éste le quemó los dedos, en el mismo lugar que un petardo le explotara en Navidad.
La segunda vez fue cuando pasó el cometa West (acá decía originariamente Halley). Yo tendría unos doce y los dueños de negocios que se abrían caían en la tentación de ponerle el nombre de tan ilustre visitante a sus locales. Lo veíamos cuando regresabamos de la pileta de C.C.A.O. (Club Central Argentino Olímpico) y hasta podíamos divisar a los marcianos que lo dirigían. Uno llegó a regalarle un auto volador a don Manassero, que sólo funcionaba cuando todos dormían.
Otras veces poníamos el despertador a las cinco de la mañana, cosa de llegar a tiempo a la plaza del pueblo y ver el ovni que circulaba todos los días con dirección Tucumán-Buenos Aires. Era una lucecita a lo lejos, con destellos rojos y si la noche estaba serena, hasta escuchábamos el ruido que provocaba al romper la barrera del sonido. Durante años no hablé con mi primo porteño, por decirme que un piloto de Aerolíneas tenía la costumbre de avisar que pasaban por Ceres en el avión de las cinco y veinte, gracias al radar instalado en el aeródromo local.
Después llegó "V - Invasión Extraterrestre" y se nos fueron las ganas de tener un encuentro cercano a pesar de ser uno de los lagartos, más lindo que Rodolfo Bebán. Los bichos se querían robar nuestra agua y dejarnos sin ríos. Una especie de Bush moderno, o algo así.
En cada reunión social se tocaba el tema, y nunca faltaba el católico que dijera: "Los extraterrestres existen porque Dios hizo el universo, y no sólo a nosotros". Y uno lo aceptaba como verdad indiscutible, más por las ganas de que te lleven de paseo a galaxias lejanas que por creer que fuera cierto.
Hubo una época en donde los diarios se la pasaban informando sobre abducidos y temblabamos de sólo pensar que algún alien nos meta caños por la nariz o nos abra el cerebro para ver que cosa teníamos adentro.
Después desaparecieron hasta X-Files, donde todos eran malvados, inteligentísimos y feos. (Que increíble el ser humano: siempre imaginamos a lo desconocido 500 veces más inteligentes, pero jamás serán lindos como nosotros), pero Scully y Mulder encontraban la forma de combatirlos, o por lo menos de mantenerlos a raya, y el resto de los mortales ni nos enterabamos y vivíamos felices. ¡Si hasta pagué una entrada al cine para asegurarme que estuviera todo controlado!
No escasearon los que me contaron su experiencia en el cerro Uritorco, pero ahí sólo aterrizan marcianos buenos y no como los de La Pampa que se comen la lengua y el sistema reproductor del ganado. También conozco a otros que dicen mirar la mano de la gente, quien no pueda doblar el meñique no es humano.
Tuve un profesor de geografía que aseguraba que en realidad, los aliens estaban disfrazados de gatos y nos vigilaban a traves de esos ojos con expresiones tan raras que tienen estos animales.
La verdad es que aunque soñé con pasar a integrar la historia como la primer persona que viajara en ovni (y lo pudiera demostrar, claro), hasta hoy estas personitas no se dignaron a invitarme. Sin embargo, creo que aún estoy a tiempo. Y por ello duermo todas las noches con la ventana abierta, esperándolos. Pero llegué a la conclusión que los marcianos son unos materialistas. Se llevaron mi DVD, mi cámara fotográfica y hasta cincuenta dólares que tenía ahorrados. Pero a mí... ni me tocaron.
# posteado por Ginger : 1:31 p. m.
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