Mis idas a Ceres este último tiempo no tienen un motivo de alegría. Sin embargo, aún en los peores momentos, la risa está presente como compañera de la personalidad y en algún punto, como escape emocional.
En mi pueblo, además de mis padres, sólo tengo un primo hermano mucho mayor que yo. Él me acompaña siempre, y me cuenta historias antiguas que, sabe, escucho con pasión.
Estabamos hablando sobre mi trauma infantil producido el día que mi mamá cambió el triciclo que tanto amaba, por un poncho tejido color naranja con rayas grises, absolutamente horrible. La excusa fue que yo era mayor para usar el triciclo (contaría con unos 6 años) y necesitaba abrigo para el colegio, pero no tuvo en cuenta que era "mi" propiedad. Desde entonces, cada vez que veo un poncho, los ojos se me llenan de lágrimas.
Calificaba este hecho como una estafa a mis sentimientos, cuando mi primo dijo; "¿estafa?, estafa fue la de Baigorria Ibelard" y empezó a contarme la historia....
Baigorria Ibelard llegó un día a un pueblito perdido de Santiago del Estero, llamado Pinto. Nadie sabía de donde venía, aunque él acusaba Buenos Aires, como residencia anterior. Por ese entonces (principios del siglo pasado), en esa provincia estaban padeciendo una de las peores sequías que se recuerde. Los animales morían de sed y la gente caminaba largos kilómetros en busca de un poco de agua. Cuando este señor llegó, prometió revertir la situación: traía consigo la "máquina de hacer llover". Los sufridos pueblerinos lo miraron con desconfianza y supusieron que el pueblo contaría desde entonces con un nuevo loco. Pero Baigorria no se amilanó y puso en funcionamiento su preciado aparato. Milagrosamente, al tercer día el cielo se nubló, y una lluvia fresca cayó sobre Pinto. No era mucha, pero todos adjudicaban el acontecimiento a "la máquina de Baigorria". Aunque en esa época el único medio de comunicación era el telégrafo, la noticia llegó a Buenos Aires y todos quisieron saber sobre ella. El gobierno mandó tres representantes a estudiar el hecho y, rápidamente Baigorria ofreció venderselas por el módico precio de... 200.000 pesos fuertes. Los testimonios no alcanzaban para desembolsar semejante fortuna, y como San Pablo, los burócratas dijeron "ver para creer" y pidieron una demostración de semejante maravilla. Baigorria ofreció el trato, siempre que la lluvia cayera sobre el límite con Tucumán. Allí fueron, la máquina funcionó, y esta vez, a los dos días un chaparrón bañó el lugar.
Con tal muestra, el gobierno pagó el precio y se volvieron felices representantes y máquina para Buenos Aires.
Al día siguiente, Baigorria ya no estaba en Pinto y nadie sabía de su paradero. Antes de ponerla en práctica, el gobierno publicitó el descubrimiento adjudicándoselo y ofreciendo su uso en lugares de necesidad extrema. De más está decir, la máquina nunca hizo caer ni una gota de agua. Tiempo después descubrieron que el estafador tenía amplios conocimientos sobre meteorología y llegó a Santiago con el fin de la sequía, justo cuando la naturaleza decidía por sí misma darles un respiro a los pobres pueblerinos...
Años más tarde, un desconocido compró algunas hectáreas de campo a un precio irrisorio, ya que la tierra era totalmente árida e inutilizable para pastoreo o siembra. Fue por entonces que una recién creada YPF buscaba petróleo en distintas zonas del país para instalar pozos de explotación. El nuevo propietario llegó a Ceres diciendo que en sus tierras brotaba un líquido negro. Compró tubos de drenaje, una bomba (no se me ocurre como sería en aquellos tiempos) y llevó a los representantes más destacados del lugar para mostrar su descubrimiento. Estos dieron fe, que efectivamente lo que manaba era petróleo. Inmediatamente se pusieron en contacto con los representantes de YPF, que vinieron a verificar. El petróleo salía en cantidades pequeñas por la poca presión de la bomba instalada, pero decidieron que allí instalarían un campamento. Claro que Arenas (el nuevo apellido del propietario), se negó a semejante cosa y ofreció vender su campo antes que el gobierno lo expropiara. Inmediatamente el jefe comunal, que tenía contactos con el presidente de turno y, pensando en un gran negocio futuro, ofreció el precio pedido por Arenas: 700.000 pesos fuertes. Firmaron la compra-venta un viernes, se entregó el precio pactado y pocas horas después nadie supo más del descubridor de petróleo.
YPF instaló torres gigantes, bombas colectoras y perforó todo el terreno (aún hoy pueden verse los esqueletos herrumbrados de las torres). Sólo salieron alrededor de 500 litros de petróleo. Intrigados por tan poca cantidad, cavaron hasta la fuente para descubrir cinco tanques enterrados a cuarenta metros del suelo, con restos de lo que había sido el "oro negro" de Arenas...
Pero su historia no termina aquí, la próxima vez aparece en la búsqueda del tesoro del Virrey Sobremonte, la mayor de sus estafas, que les contaré en una próxima entrada. (Si les gusta y quieren, digo de pronto me parece).
# posteado por Ginger : 10:51 a. m.
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