El común de la gente, cuando mira tv, aprovecha las tandas publicitarias para hacer zapping. Exactamente a la inversa que yo. Las publicidades me atraen como imán y no puedo dejar de verlas. Si esta fuera una más de mis tantas locuras no sería trascendente. El problema es que quiero comprar todo. En especial las de "Shame sha, shame sha" que venden inventos inservibles a precio oro. Si estoy alejada del televisor, escucho la música que las promociona y salgo corriendo a ver las novedades. Sueño con tener la escalera que se transforma en andamio, banco, cama, ascensor. Quiero las ollas horno, la luz portátil, el cinturón que adelgaza, la manguera que no se dobla, la máquina de coser y sobre todo el aparato que sirve para pegar piedras y tachas en la ropa.
Yo les creo cuando dicen "este pantalón sale 150 dólares en el mercado, ahora usted puede tener uno igual por sólo 20". ¡130 es un importante ahorro!.
Después están las propagandas de perfumes. Todas y cada una de ellas muestran imágenes surrealistas. Los modelos parecen sacados de una escuela para autistas con terapias hídricas; en la mayoría de los casos hay agua. Uno salta las olas, otra camina entre flores de amapolas que surgen del mar, un tercero, en zunga sobre un bote, se tira encima de una señorita. Si elijo esas marcas seguramente me pasará lo mismo; algún galancete me llevará a las islas griegas, seré etérea y me enamoraré de un atleta que me haga volar en sus brazos con el océano como paisaje. Debo invertir en esto.
También tenemos publicidades con premios. Anoto prolijamente cuales tienen anuncios donde uno ingresa a la página web o manda un sms y si tiene muchísima suerte, le regalan una remera con letras gigantes que promocionan la marca. Entonces voy al supermercado para traer las gaseosas, chicles, desodorantes, conservas, detergentes, jabón en polvo en cuestión, con tal de ganar una y vestirme con una suerte de cartel móvil gratuito.
Los shampoos, acondicionadores y cremas para la cara que prometen milagros son mi punto débil. Cada vez que sale uno nuevo quiero ser la primera en tenerlos. Los arranco de las góndolas para que nadie pueda ser la favorecida con sus virtudes antes que yo.
Y así con todos y cada uno de los productos de venta masiva. Los necesito, porque la mejor manera de saber si algo es bueno o no, es probando.
Llegar a fin de mes se está convirtiendo en una odisea. La famosa inflación "inexistente", el aumento del transporte, las verduras por las nubes. Voy a tener que hablar seriamente con mi marido para que disminuya sus gastos. Esta manía suya de comprar el diario todos los domingos nos está tirando la economía al demonio. Este hombre es un dilapidador.
# posteado por Ginger : 8:55 a. m.
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