En mi casa convivimos cuatro personas, un gato y un agujero negro; algo así como una especie de Aleph dañino que recorre la casa robando compañeras de medias, llaves, anteojos, aros, y en alguna oportunidad hasta se tragó un martillo.
Traté de vencerlo de distintas maneras y el desgraciado me gana siempre. Por mucho que guarde cada cosa en su lugar, me descuido y ¡zas!, desaparecen.
Un poco cansada de tanta derrota, me dediqué a exorcizarlo con magia: empecé con sahumerios. Los prendía de a pares y los paseaba por todos los ambientes recitando el conjuro que trae escrito en el sobre donde se venden, pero lo único que logré fue que mi casa pareciera un ahumadero de pescado, y termináramos todos con dolor de cabeza.
Seguí con los santos buscadores conocidos. Primero con Pilatos, del que soy amiga desde la infancia. Agarraba un pañuelo y le ataba nudos bien apretados al grito de "Santo Pilato, las bolas te ato, si no aparece (acá iba la cosa perdida en ese momento) no te desato". Parece que a ningún varoncito, sea santo o no, le gusta que le aten las bolas, porque lejos de llevarme el apunte, Pilatos me hacía desaparecer el otro compañero del par ausente. Insistí hasta que el pobre quedó con orquitis y yo con todos mis pañuelos llenos de nudos. Después fui por San Expedito. Puse una estampita suya en la heladera y ante la necesidad, le rogaba "San Expedito, que aparezca lo que necesito". Pero el Santo bajaba la vista mirando al cuervo procastinador y me ignoraba por completo.
Un día descubrí los palitos de Sai Baba. Para ser honesta, me dió un poco de impresión eso que le salga cenizas de los dedos, pero si era efectivo no me interesaba. Total, el que se quema es él.
Por otro lado, Sai Baba no me conocía, así que no podía tener nada en contra mía. ¡Debía ayudarme!. Supongo que los santos le pasaron el chisme, porque lo único que logré fue dejar el piso sucio: el agujero negro seguía con sus andanzas, cada vez peores. A esa altura ya me había desaparecido el inflador de la bicicleta.
En la misma casa donde vendían los palitos, había un Buda milagroso. Sólo tenía que ponerlo de espaldas hasta que se cumpliera mi pedido. Esto fue hace tres años y el Buda sigue mirando la pared.
En definitiva, acepté vivir con mi agujero negro. Hasta la puse nombre: se llama Nadie. Cada vez que preguntan quién agarró.... (las llaves, las medias, los aros), todos contestamos al unísono: ¡¡Nadie!!.
# posteado por Ginger : 8:04 a. m.
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