
El aviso estaba en un bolsillo de mi pantalón, producto de la costumbre de guardar todos los folletos que me dan en la calle, para convertirlos en anotadores (hasta ahí llega mi concepto de "reciclar").
En el reverso había una mínima descripción sobre las Terapias: De Crisis, De Conocimiento, De Búsqueda..., un número de teléfono y una dirección de e-mail.
Lo encontré precisamente cuando, con una mano ponía ropa a lavar y con la otra sostenía el teléfono, escuchando a una amiga que me contaba un problema. "¿No querés ir a la conferencia de un terapeuta que habla sobre lo que te pasa?", le dije. En ninguna parte decía que Gerardo Zgwang tuviera algún título, pero ese nombre suena a médico, ¿no?. "Bueno", me dijo. Y fuimos.
En el lugar había unas diez personas con cara de susto, que se miraban los pies. Nos sentamos en sillas de plástico e inmediatamente hizo su aparición el "doctor". Se presentó, leyó su currículum que incluía desde un master en la Sorbona hasta un título de dactilógrafo en Academias Pitman.
El tema del día era tratar de responder la famosa pregunta de Freud "
¿Qué quieren las mujeres?". Me invadió un ramalazo de ternura por este hombre que se pasó la vida estudiando algo que cualquiera de nosotras podría haberle dicho en dos segundos:
Las mujeres lo queremos todo y lo queremos ya. Parece que sus conocimientos no llegaron a lector de mentes, porque siguió hablando.
"Las mujeres tienen un común denominador que es el romanticismo, dijo. Sueñan que Richard Gere les golpee la ventana del dormitorio con un ramito de jazmines y les recite un poema." Me corrió un escalofrío por la espalda. Pensar en Richard Gere levitando hasta el tercer piso no es precisamente una imagen agradable. Es cierto que podría usar una escalera, pero en ese caso,
Berta ya hubiese llamado a la policía y el pobre estaría en Devoto con sus flores marchitas. Por otro lado, ¿cómo le explico a mi marido que en mitad de la noche un tipo me golpee la ventana de nuestro dormitorio?. Definitivamente deseché la idea de la cabeza. Habíamos empezado mal.
"Tienen un componente masoquista, siguió. Aunque el hombre les ofrezca tranquilidad, siempre prefieren al rudo, al viril que las arrastre con él, que las ate a la cama y las maltrate en el sexo". Si, claro, pensaba yo. Eso es secuestro aquí y en la China. Flor de denuncia te meto si se te ocurre algo así. Además, los hombres rudos tienen olor a chivo, son panzones y en general pobres. Las mujeres queremos que sean rudos con los otros, pero tiernos con nosotras. Si son pobres, al menos que tengan la posibilidad de heredar una fortuna y eso de atarme a la cama me suena a conventillo con colchón sucio. Seguimos peor.
"Ellas suelen ofenderse cuando se les dice histéricas. Pero la palabra deriva de hister, que significa útero. Las damas tienen útero, no los hombres". Ahí me revelé. En la vida conocí más cantidad de tipos histéricos que mujeres. Son los famosos "te quiero pero no puedo, te toco pero no tanto, vos pero antes yo." Esos que te dejan hecha un trapo de piso, no por lo que hicieron, sinó justamente por lo que
no hicieron, y por todo lo que hizo una por ellos al divino botón. Señoras que leen este blog ¿estoy equivocada?.
Lo más indignante, es que el "Licenciado", que seguía hablando como si hubiese dicho una genialidad, trataba de justificar nuestro supuesto comportamiento, diciendo que se debía a una descompensación física. A esa altura no me levanté y le dí un sopapo, sólo porque mi amiga es muy tímida y no hubiese soportado el bochorno.
La conferencia seguía con el caso de las mujeres mayores que prefieren parejas mucho más jóvenes que ellas. "Se trata de un retroceso. Les ocurre en épocas donde las señoras ven alejarse la juventud y necesitan recuperarla de algún modo. Las cirugías sólo las ayudan a verse con menor edad, pero ellas necesitan demostrarlo". Yo hacía fuerzas con mi mente para que el tipo leyera mis pensamientos: "Decime pedazo de tarado, ¿vos te crees que las mujeres somos idiotas?. Dale a elegir a cualquiera de las que estamos acá tener una aventura con el ferretero de la esquina de mi casa que cuenta unos setenta y pico o con el bomboncito hijo de la panadera que tiene 28, ¿con cuál te crees que nos quedamos?. ¿O la edad te anula el buen gusto?.
La charla siguió unos treinta minutos más, pero yo había levantado tanta presión que ya no la escuché. Cuando terminó quise acercarme al "erudito" para decirle unas cuantas verdades sobre su teoría, pero el señor demostró que sabe hacer lo mejor que les sale a los varoncitos: ante una complicación huyen.
Mi amiga salió más deprimida de lo que entró. Sólo por educación no me insultó, aunque su cara lo decía todo: "Gracias, no me ayudes más".
Ahora voy a probar con Umbanda, a ver que onda.
+Gracias Ernesto, que sería de vos sin mí.