Ya se los conté el año pasado, pero el público se renueva, como dice la Chiqui, y a los que ya lo saben, se los recuerdo.
Tengo una tradición que comparto con mis amigas desde el día que todas nos fuimos de nuestro pueblo y a medida que sumo gente querida a mi vida, los invito a ser parte de ella.
Debo ser honesta, para mí el significado de las fiestas nunca fue el correcto: no festejo el nacimiento de Jesús, ni el año nuevo como motivo religioso. Es una cita fijada de antemano con mis tíos, mis primos, mis sobrinos. Y más allá de los conflictos, las peleas, el pionono y la ensalada de fruta, las disfruto mucho, aunque al día siguiente deba tomar litros de Hepatalgina por la cantidad de cosas que comí.
Pero ya que, por motivos de distancia, no están todos los que quisiera que estén, los tengo conmigo de la única manera que se me ocurrió, uniéndonos a traves algo que vemos todos, estemos donde estemos: la luna.
Ni siquiera importa la diferencia horaria, yo sabré que Nicté la habrá visto doce horas antes, que con Pal serán cinco, que José Joaquín y Laura la verán dos o tres horas después, pero ese día, justo ese, todos formaremos un lazo que terminará en abrazo, cuando en cada lugar del mundo en el que se encuentren den las doce de la noche.
Mi propuesta es simple y a voluntad, mientras levantan la copa para brindar, alcen sus ojos y miren la luna y sabrán que en otra parte del mundo alguien que los aprecia pensó en ustedes mirando lo mismo. Y pidan. Pidan porque se cumple. Pidan que sigamos compartiendo, acá o en otro lugar, una red de amigos tan linda como la que tenemos.
Felices fiestas y hasta el año que viene.
Ginger.

