Yo sabía que eran raros. Me dí cuenta una vez que mi hijo y mi sobrino no dejaban de mirar por la ventana de la cocina y sólo decían algo así como: uhhh, nuuuuu, jaaaaa. Algo pasaba, pues lo único que pueden ver desde ahí es el edificio de enfrente. Rectifico: las ventanas de los departamentos del edificio de enfrente. En línea recta, la pareja que habita tiene un televisor de 400 pulgadas (bueno, siempre fuí un poco exagerada), ubicado estratégicamente frente a mi casa. Y en ese momento, miraban una película porno. Me quedé con ellos hasta que a los chicos les dio vergüenza mi presencia y se fueron. Me ví obligada a correr las cortinas y seguir en lo mío.
El calor de estos últimos días está convirtiendo a los edificios en una especie de campamento donde la privacidad dejó de existir. Todos abrimos las ventanas de par en par para que corra un poco de viento, sobre todo de noche. A las dos de la mañana fui hasta la cocina a buscar un vaso con agua y escuché los gritos. No prendí la luz para no delatarme: si me veían cerrarían todo y me quedaría sin saber lo que pasaba. La imágen era clara, aunque para no perder detalle me puse los anteojos estratégicamente guardados en la heladera. Ella estaba totalmente desnuda, parada al costado de la cama. Él totalmente vestido. Ella gritaba: "¡No podés desconfiar de mí!". Él le respondía algo, pero no alcanzaba a escuchar qué. Ella seguía gritando: "¡Siempre fuiste el hombre de mi vida!". Ahora él golpeaba su cabeza contra la pared. Fue entonces cuando una tercera figura apareció en escena. Se levantó de la cama como un recién nacido: sin un miserable taparrabos que lo cubra. Ahora el otro apoyaba los dichos de la dama: "¡No podés desconfiar de ella!". A esta altura, yo me había incrustado los anteojos en las córneas para no perder detalle. El cornudo seguía golpeando su cabeza, ella lloraba y el tercero se ponía los pantalones. Ella había cambiado la estrategia, ahora culpaba al cornudo por volver temprano. El tercero decía: "¡viejo, así es la vida!". Por un momento, el engañado desapareció. No podía ver adonde fue, pero me imaginaba que, en un ataque de dignidad, había abandonado la casa. ¡Error!. Volvió a los pocos minutos y agarró del cuello al tercero. Cayeron al piso (supongo) mientras ella se tapaba los ojos.
Ya sé que lo correcto hubiese sido llamar a la policía, a la ambulancia, a los bomberos o a la guardia civil canadiense, pero lo siento, nunca antes había estado tan cerca de ver un crimen pasional y no iba a perderme la oportunidad ahora por un simple deber cívico.
Lo que seguía era inentendible: corrían, caían, gritaban, tiraban cosas por la ventana (entre ellas, un hermoso cubrecamas). Lamentablemente nunca falta un aguafiestas con conciencia moral y diez minutos después entraron el portero, dos uniformados y todos los vecinos del piso. Se llevaron a los tres a la comisaría del barrio y ya no volvieron.
Desde entonces y por las dudas, cierro todas las ventanas aunque nos cocinemos. Puse cortinas gruesas y obligo a todos a hablar en susurros. ¡Vaya a saber si no hay algún noctámbulo espiando!
# posteado por Ginger : 6:29 p. m.
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