A pesar de todo, claudiqué. Ya comenté varias veces mi aversión hacia la terapia psicológica. Pero en búsqueda de alternativas para dejar de dormir gracias a los psicofármacos empecé con la más conocida.
La primer entrevista es de admisión, y en este caso el curaloco (cura de sanar, no del verbo dar misa, Sonia) era una agradable señora que me escuchó y decidió derivar mi caso a una licenciada en gerontología. "Está bien que según las estadísticas pasé la mitad de mi vida, pero no me parece que ya esté dentro del grupo de PAMI", me quejé. "Es cierto, pero su consultorio está a 6 cuadras de tu casa". Eso fue suficiente para convencerme.
De todos modos puse ciertas condiciones: que la terapia no exceda el plazo que paga la obra social, que la terapeuta sea mujer y sobre todo y excluyente: ¡¡nada de psicoanálisis!!.
Porque mi relación con el psicoanálisis fue mala. Muy mala. Posiblemente la mala haya sido la profesional, pero a esta altura no tengo capacidad de diferenciarlo.
Todo empezó cuando me agarraron ataques de vértigo en forma de fobia. Por esa época yo era una ocupada ama de casa que se dedicaba a mantener el hogar limpio y confortable, con dos robustos niños en edad escolar, un marido que viajaba mucho y una perra que perdía kilos de pelos.
- Mi problema licenciada (le decía yo) es que vivo en un segundo piso y no puedo limpiar los vidrios de la ventana. Asomarme me provoca taquicardia y deseos incontrolables de tirarme.
- Caramba, (contestaba ella), ¿y porqué quiere usted tener los vidrios tan limpios? esa manía por que estén relucientes ¿significa algo?
- Sí, que por abajo pasan tres líneas de colectivos, y entre el smog y la tierra los dejan a la miseria.
- Pero dígame, ¿es necesario que siempre estén transparentes?
- Yyyy... yo los incluyo dentro de la limpieza hogareña...
- No, no, no. A ver: si los vidrios fueran su alma ¿qué cree usted que la ensucia permanentemente?
- ¿El smog de los colectivos? -pregunté sin poder relacionar el hecho de ser limpia con mi alma en pena.
- No me entiende. Veamos. ¿qué otras alternativas tiene para que no se ensucien?
- Poner clavos miguelito en la esquina...., provocar un derrumbe en el pavimento...., no sé. Tal vez si cerrara la cortina de enrollar, que no bajo nunca....
- ¡¡Hay está!!. ¡¡Nunca baja la cortina de enrollar!! ¿porqué necesita usted que desde afuera todos puedan verla limpia y transparente?
- ¿Los de afuera? No, ¡no bajo la cortina de enrollar porque es de madera maciza! ¡Si tengo que levantarla cada mañana termino con más músculos que Popeye!
- Popeye: clara referencia a su infancia. Dígame, ¿qué pudo haber pasado en su infancia que usted desea que se la vea impecable?.
A esta altura estaba con los vidrios, las cortinas de enrollar y los dibujos infantiles inflados, así que por toda respuesta le dije: "¿Sabe qué? Deje nomás, seguro que el vértigo se me pasa solo" y me fuí para no volver.
Ojo, no digo que todas las asociaciones estén equivocadas. Hace unos días le comentaba a Bater que cuando era chica, dos amiguitas murieron durante una tormenta eléctrica, electrocutadas con un cable que se cortó. Desde entonces, siento temor (racional y manejable, tampoco es que llamo a la policía y a los bomberos) cuando mis hijos no están en casa y afuera caen rayos y centellas.
Lo que me jode son las asociaciones traídas de los pelos. Porque de ese modo se puede llegar a cualquier resultado y siempre será falso. Veamos: si por ejemplo tomo la medida que hay desde la ventana de mi casa (¿ventana otra vez? caramba!!) hasta el kiosco de enfrente, lo multiplico por la distancia que hay de la tierra a la luna, lo divido por los años que pasaron desde que murió Tutankamón y le resto un número al que daré un significado divino (todos lo tienen), seguramente me dará el diámetro de las pirámides de Egipto. O la altura. O el peso estimado. De lo cual podré deducir que:
a) Mi futuro está en la arqueología
b) Los extraterrestres que construyeron las pirámides me pusieron en la tierra como vínculo de comunicación entre ellos y los humanos
c) Soy la reencarnación de Cleopatra.
d) Etc.
Eso es exactamente lo que no quiero. Una terapia trucha que busque convencerme que la culpa de mis errores es de mis padres, o que aunque grite hasta quedar afónica sobre lo feliz que fue mi niñez, lo ponga en duda. Por ahora me conformo con alguien que me sugiera alternativas para problemas que me tienen empantanada.
Terapia: te doy una segunda oportunidad. Y no estoy con mucha paciencia. O me servís de entrada o paso al plan B. Flores de Bach, prepárense.
# posteado por Ginger : 3:39 p. m.
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