
Pocas situaciones me producen más estrés que tener a mi marido de vacaciones ¡en casa!. Porque un hombre que no tiene nada que hacer es como los hongos de pared: están al divino botón y sólo sirven para molestarnos. Ellos
suponen que nosotras nos pasamos el día mirando Rosa de Lejos y la casa se limpia sola o las camisas salen planchadas del lavarropas mientras él, pobrecito, se pasa horas de su vida trabajando como un burro en desayunos de trabajo donde lo único que no hace es trabajar.
Es entonces cuando nos ven correr acarreando ropa mojada a la terraza, o cargando bolsas con kilos de verduras para el almuerzo, que desarrollan esas teorías insólitas por las que una siente irremediables ganas de aprender cocina con Yiya Murano: "vos hacés todo eso para no estar conmigo".
El "estar conmigo" implica que una debe estar a su disposición para lo que guste mandar. Tienen ataques de romanticismo extremo (por aburrimiento, sospecho) y pretenden satisfacer sus instintos sexuales a cualquier hora. "Gooorda, vení que estamos solitos", te grita despatarrado en la cama mientras una limpia el piso de la cocina. Suelo hacerme la sorda en esos momentos, pero si por alguna razón accedo, lejos de terminar en un apasionado encuentro, la historia se vuelve en su contra. "Estas más blanca que un panqueque crudo" te dice el inhumano que piensa que los 10 minutos de sol directo que tomo al caminar haciendo las compras van a dejarme con el color de Naomí Campbell.
De más está decir que una no puede acercarse a la computadora. Para el hombre de vacaciones no hay peor infidelidad que la esposa navegando por Internet. Ese aparato e'mandinga les está robando
su tiempo. Que lo ocupe en arreglar placares está muy bien, pero cualquier cosa que nos provea una pequeña distracción es un atentado a su dignidad masculina.
Las horas que no desaprovechan mirando por enésima vez Troya, las destinan a buscar errores. Errores nuestros, por supuesto. "¡El techo de la cocina tiene una telaraña en aquel rincón!" gritan desaforados, ante una minúscula manchita que sólo ellos ven. Y una, santa mujer, agarra la escoba dispuesta a partírsela en la cabeza, pero al final lo piensa bien y solo por educación, retira la famosa telaraña que casi genera un infarto en el susodicho.
O se les da por pasear. Aclaro que a mi me gusta recorrer lugares, pero no los que él pretende ni en los horarios que decide. Ir al Museo Larreta un martes a las tres de la tarde no es una salida que suscite buena predisposición en mi, que quieren que les diga...
Después de una semana, el único capaz de soportarlo es el gato, y porque no le queda otro remedio. Los otros tres habitantes de este hogar buscamos desesperadamente ocupaciones que nos alejen de casa, por varios días de ser posible.
Para cuando sus vacaciones terminan, estamos con un agotamiento mental peor que el de organizar una mudanza a Burundi.
En síntesis, lo único que me (o nos, porque presumo que esto le pasa a más de una) queda es armarme de paciencia y rogar que las vacaciones pasen rápido. Las de él, las mías empiezan cuando vuelve al trabajo.