Viene de los 4 post anteriores.
Hemingway era un curda bárbaro
No hay bar en La Habana que no se adjudique el paso de Heminwgay por él, pero solamente dos pueden dar fe de ello. Uno es La Floridita.
La encontramos de casualidad, mientras recorríamos las callecitas llenas de casas como conventillos, con jaulas de canarios colgadas en las paredes exteriores. En una esquina rosada, los carteles anunciaban que era uno de los 7 bares más famosos del mundo (no tengo idea cuales serán los otros 6) y de ella decía Hemingway "mi daiquiri es de La Floridita". Primero me sorprendió el lugar: no era un simple bodegón, el decorado estaba impecable, la barra era de cedro y precedía a un salón comedor bastante lujoso. El mozo ni siquiera nos preguntó que queríamos tomar, directamente dejó dos daiquiris sobre unos posavasos (me regaló uno que traje de recuerdo) con publicidad del lugar y una bandeja con platanitos. Eran las seis de la tarde y yo estaba con el estómago vacío (no quise almorzar en Varadero porque tenía el desayuno atragantado), y debe ser que lo tomé demasiado rápido, pero cuando quise sacar fotos no podía levantarme. Lejos, lejísimo, el mejor daiquiri que tomé en mi vida. El que tenía mayor cantidad de ron también. Y el más caro, pero eso es anecdótico.
Hay una figura del escritor tamaño natural, en bronce, apoyada contra la barra y fotos de Ernest con Fidel. Tuve la sensación de estar en otra época, tal vez por las luces tenues, o porque los músicos tocaban canciones antiguas (en Cuba hay músicos por todos lados, incluso en la calle), pero no quería moverme (además de no poder, claro). Estaba tan cómoda que lamenté irme, pero debíamos regresar al hotel para bañarnos. Dos horas después nos esperaba una cena en La Bodeguita del Medio.
Cenando con Pierce Bronsan
Sabíamos adonde quedaba porque la cruzamos en nuestra caminata. Empedrado 207, a la vuelta de la catedral. Teníamos reservas para las 9 de la noche y el taxi nos dejó dos cuadras antes porque esa zona se cierra para vehículos cuando anochece. Una cosa es pasear de día, pero La Habana en la oscuridad es laberíntica. Preguntamos a un policía, que no solo nos informó, se tomó la molestia de acompañarnos para que no nos perdieramos. (no por seguridad, en Cuba no hay delincuencia).
Nos ubicaron en un saloncito con 6 mesas de madera y sillas duras. Mi marido al lado de Guillermo Francella y yo de Pierce Brosnan. Casi beso al mozo por la deferencia. No, no es que estaban ellos en persona. La Bodeguita está tapizada con fotos de famosos que comieron allí (o tomaron un mojito como Hemingway mientras escribía El Viejo y el Mar) y las paredes firmadas por todas las personas que pasaron por el lugar. El menú es fijo, pero fue lo mejor que comí en Cuba. Pata de cerdo horneada, papas fritas, ensalada, arroz con portos negros, unas rosquitas que no sé como se llaman, aceitunas y un montón de "picadita". Busqué cuantos argentinos estaban encuadrados y encontré (además de Francella) a Susú Pecoraro, a Miguel Bonasso, a Fito Paez con Cecilia Roth y a Maradona. Del resto del mundo, desde Rita Hayworth hasta Sean Penn, y cientos más. Todos sosteniendo el cartel del lugar. Atrás nuestro estaba una pareja de españoles, y la señora se pasó la noche retando a Emilio, el marido. Eso solo ya fue divertidísimo. Después del "cortito" (café expreso tan fuerte que parece petróleo), nos quedamos escuchando a los músicos un ratito, y salimos a caminar por la noche de La Habana. Nos colamos en una fiesta privada en la plaza de la catedral, paseamos por la costanera para ver la luna llena reflejada en el mar, y (miren que poético) con el alma llena de belleza nos fuimos a dormir.
Al morro voy en guagua
Después de probar las aproximadamente doscientas cosas distintas del desayuno, decidimos recorrer las 3 Torres del Morro.
El Morro es una fortificación construída por los españoles por el 1500 que custodia la entrada a la bahía. Es exactamente un castillo de piedra como seguramente habrá en Europa, con un pozo profundo, un puente levadizo (del que solo quedan las cadenas) y un faro en la punta, todo rodeado por un murallón impresionante. Desde allí se puede ver la ciudad de La Habana.
Paseamos un rato y decidimos irnos (no había demasiado más), pero nos encontramos con un problema: ¿cómo volver?. Lo más lógico: en taxi... que no pasaba. Preguntamos a la señora que está en la entrada y nos sugirió un guagua (colectivo de línea). El pasaje cuesta 0,50 pesos cubanos (que no es lo mismo que CUC)... que no teníamos. Ahí mismo sacó de su bolsillo y nos dio una moneda sin aceptar a cambio el cuc que le ofrecíamos. "Ustedes son turistas, pero sobre todo, argentinos", nos dijo. Y unos minutos después nos estabamos subiendo a un bus entre gente, ¡motos y bicicletas!. Cuando vimos un edificio conocido, decidimos bajarnos. Estabamos frente al Museo de la Revolución, y para allá nos fuimos.
Mañana continúa y termina.
# posteado por Ginger : 5:56 p. m.
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